La casa de la luz (fin de temporada)
© Virginia Fernández, 2026
La historia de Isabel:
Cuando a Isabel le trajeron el cuerpo de su marido, ahogado, no lo reconoció. Le pareció uno de esos muñecos rellenos de paja que se cosían para quemarlos en San Juan, una cabeza hinchada con la boca torcida, demasiado abotargada como para haber sido en algún momento un rostro de verdad. No vio nada de su esposo en esos miembros mordisqueados por los peces y las alimañas, ni un ápice de su fuerza o de su belleza, y, desde luego, no quedaba entre esos ropajes podridos nada de la lealtad y la humildad que habían caracterizado a Lázaro. Eso, simplemente, era un despojo que el mar había arrojado a la costa después de seis días, y así lo dijo.
—Este no es.
—Chiquilla, Isabé, cómo no va a sé, claro que es. ¿No ves la ropa?
—Que le digo yo que no.
Los choros que encontraron el cadáver en el caño del castillo habían llamado a las autoridades inmediatamente porque tampoco lo habían reconocido, no parecía nadie del poblado. Lázaro estuvo dos días aún en la sala más fresca del cuartel de la guardia civil, hasta que recibieron la noticia de una desaparición que se había producido en el Pueblo y cuyas señas correspondían. Aprovecharon la subida de un pescador que llevaba jureles y boquerones para avisar al alcalde, que enseguida supo de quién se trataba. Llevaban días buscando a Lázaro por el monte, en las cuevas, por los caminos. Don Manuel llamó de inmediato a Tirso, el taxista, y mandó a uno de los chicucos a por la mujer. Isabel estuvo callada todo el trayecto, pero el niño no dejó de llorar. Ella no hacía nada por consolarlo, la mirada fija en la carretera sinuosa. Al llegar al cuartel, una de las esposas de un guardia se ofreció a llevarse al bebé mientras hacían el reconocimiento.
—Yo les recomendaría que se cubrieran la nariz y respiraran por la boca. Lleva ya muchos días.
—Gracias, gracias. —Don Manuel sujetaba a Isabel por el brazo, pendiente de un desmayo, pero ella parecía bastante entera. El guardia no sabía muy bien por dónde empezar.
—Pues verá, señora… A ver, parece ser… Según nosotros tenemos entendido, su marido desapareció la noche del jueves 8 al viernes 9. Se le estuvo buscando por el monte durante los tres días siguientes, hasta que una de las vecinas que vive en el camino dijo que lo había visto bajar al poblado. Aquí se preguntó por él, pero nadie sabía nada. No había cogido coche, ni tren, no se le había visto por las calles… hasta que hace dos días lo devolvió el mar. Señora, tenga en cuenta que está muy estropeado, que el agua hace mucho daño y que, por lo que hemos podido ver, también ha sufrido el ataque de algunas… bueno, de los peces y las alimañas. Está el tiempo tan raro sin lluvia que no hay pasto ni comida, y las criaturas están locas de hambre. Le doy estos detalles para que usted se vaya haciendo a la idea de que, bueno… de que está muy mal, señora. Muy mal.
Don Manuel ya había visto cadáveres antes, y en distintos estados de descomposición, animales, sobre todo. Una vez, muy chico, había acompañado a su padre a echarle un ojo a Frasquito, el carpintero que vivía en el Camino Viejo, porque lo estaban echando en falta en el Pueblo. Cuando llegaron, se lo encontraron desnucado en la entrada de su casa, rodeado de ramas y tablones: debía de haber tropezado mientras llevaba toda aquella carga, con tan mala suerte que había frenado con la cabeza en vez de con las manos. Manuel niño vivió con la pesadilla del cuello roto de Frasquito hasta que se casó: la imagen de la baba amarillenta resbalándole por las comisuras, los ojos grisáceos fijos en el cielo con una expresión de perplejidad, la vida destruida en dos segundos por un mal paso. Recordar esta experiencia no hizo que la visión de Lázaro fuera más llevadera.
Isabel lo estuvo mirando todo el tiempo, los cinco, siete minutos que estuvieron allí. Manuel aguantó como mucho dos, lo justo para oír las explicaciones del guardia, cambiar unas palabras con la viuda y disculparse para salir.
—La causa de la muerte es el ahogamiento, eso lo tenemos claro, pero el cuerpo presenta signos de forcejeo, arañazos… Al principio pensamos que se había metido en alguna pelea, pero las marcas eran muy extrañas. Por ejemplo, aquí, en el cuello: ¿ven estas estrías alargadas? Son marcas de dedos. Los arañazos, los rasgones en la piel, detrás de las orejas… Todo se lo hizo él mismo.
—¿Cómo es posible eso? —preguntó el alcalde.
—El forense que ha hecho la autopsia dice que no iba borracho, así que pudo ser algún ataque de locura…
—En el Pueblo se comenta que estaba raro desde hacía meses, ¿verdad, Isabel?
Isabel había dado un paso atrás. No respondió.
—Yo no sé qué se le figuró, pero la teoría es que se metió en el agua, le dio el avenate y acabó ahogándose.
—Ese no es él.
—Señora, yo sé que está usted muy afectada, y que el cuerpo está irreconocible, pero su marido llevaba la cartera con la cédula de identidad encima, y la descripción coincide. Lo siento muchísimo.
El resto de la visita, Isabel no lo recordaba, solo que Don Manuel la llevó de vuelta al pueblo, que vomitó en el coche, que le ofrecieron un pañuelo. Que lo lavó en casa y al día siguiente fue a devolvérselo, y entonces empezó todo.
Las gentes hablando, el rumor del pueblo: un sonido semejante a cuando se despertaba el terral y crecía desde lo bajo, desde el suelo, arrastrando volutas de polvo y arena y depositándola en los muebles de las casas. Las habladurías, el estigma. Aunque la muerte fuera igual para todos, no era lo mismo buscarla con las propias manos, y mucho menos si no había un motivo real detrás; porque uno podía matarse si le había ocurrido una desgracia muy grande, si se le habían muerto los hijos, si una riada o un fuego habían arrasado su casa y sus propiedades. Pero buscarla porque sí, porque uno no era capaz de controlar su propia cabeza… eso era ofender a Dios y al Pueblo.
Daba igual. Isabel podía cubrirse con una coraza resbaladiza de desinterés, tapar sus oídos con cera, que el murmullo siempre acababa llegando. Incluso sus propias hermanas cuchicheaban, en la quietud de la noche, al otro lado de la pared de mortero y tierra, tejiendo con sus palabras un tapiz de posibilidades futuras y de explicaciones pasadas que no tenían ningún sentido.
Pero lo peor, sin duda alguna, era el crio.
Isabel había averiguado que tenía tres tipos de llantos: el de cansancio, el de hambre y el otro. Mientras que con los dos primeros podía casi fingir que eran normales, el típico sonido insistente y machacón del lloro de un bebé de su edad, con el tercero no había manera. Era un torrente desgarrador, un chillido agudo que sugería dolor y miedo a partes iguales y para el que no había consuelo: ni enchufarle la teta, ni mecerlo, ni darle masajes en la barriga. Nada. Solo se podía esperar a que pasara, sufrir las dos horas, tres, cuatro que estuviera así, ponerse cera en los oídos y aguantar las ganas de… de qué. Ya sabes de qué.
Una noche en la que el niño no callaba, Isabel, harta, lo cogió en brazos y salió de su casa. Sin pensar, embotado el cerebro por el llanto, que rebotaba en la montaña como una pelota, cogió el camino que llevaba al viñedo.
Al pasar los rosales que anticipaban la primera parra, el niño calló. Isabel pensó que se había quedado sorda, que por fin el ruido había sido tan ensordecedor que los tímpanos se le habían fundido. Lo miró, asustada, pensando que le había pasado algo, que se había quedado ronco, o desmayado, o muerto. Se sorprendió al comprobar que había ansiado esto último durante un breve segundo.
Pero el bebé estaba tranquilo, despierto, sonriente. Miraba a las estrellas con atención, llevándose un dedito a la boca, entretenido, como si estuviera escuchando una canción, gorgoteando y haciendo pompitas de saliva a cada rato.
Isabel pasó allí la noche, por supuesto. Se metió al niño dentro del vestido, piel con piel, cogió la toca y se tapó brazos y piernas como pudo. Cayó rendida al momento, y el niño también. Con el primer rayo de sol, despertaron, ambos con un hambre voraz. Isabel se estaba sacando el pecho cuando escuchó una voz a su espalda:
—¿Isabel?
No era normal ver al dueño de las tierras trabajando tan temprano, pero Augusto no era un hombre común. En el Pueblo se sabía que no dejaba pasar más de dos, tres días, sin aparecer por el campo y supervisar el desempeño de sus labradores. No era de los que pagaban más, pero, al menos, pagaba lo justo y no apretaba, que ya era algo.
—Perdón. Ya nos vamos…
—No, mujer, si no me estorbas. Si es que no te esperaba aquí a esta hora. ¿Ha pasado algo?
—Es que el niño… el niño no callaba y me salí a darle un paseo a ver si… y acabamo aquí y yo creo que con el fresco del campo se me durmió y ya no quice moverme yo, Don Augusto. Perdone, que no quería yo molestar.
—Hija mía, si no me molestas. Ya ves tú qué molestia puede haber en una mujer y un niño en medio del campo. Tú no habrás comido nada aún hoy, ¿no?
Isabel negó con la cabeza, algo azorada.
—Ven, vamos a la casa grande. Está mi mujer preparando el desayuno.
Isabel estuvo a punto de decir que no, que tenía cosas que hacer. Que sus hermanas la estaban esperando y que había comida en casa… pero el hambre, ese pozo negro que se le abría en la barriga, fue más fuerte. Tenía los pechos cada día más secos y no era cuestión de desaprovechar la ocasión de comer, por mucho que fuera el señor quien la ofrecía.
Porque en su interior, Isabel culpaba a Augusto de lo de Lázaro. Era un pensamiento sin forma que había ido creciendo durante muchos meses, encendido por los detalles, al principio inconexos, que ella misma había ido recordando, recabando: los compañeros que lo trajeron y el silencio con el que lo dejaron en la cama, la visita de Augusto al día siguiente y la conversación que tuvieron a puerta cerrada. El hecho de que no lo dejara volver al campo hasta un mes más tarde. Las habladurías del pueblo, los comentarios en misa, los rumores de que Lázaro había perdido el juicio y que el capataz temía que le volviera a dar un ataque e hiciera alguna locura. Isabel hablando con su marido, obligándolo a ir a la casa grande a pedir que le devolvieran el trabajo, y él regresando con las manos vacía y la mirada perdida en el suelo. Lázaro volviendo a escondidas cada noche, escarbando entre las parras, y Augusto trayéndolo de vuelta junto a cuatro de sus hombres más fuertes. Qué más le daba, no estaba haciendo nada malo: solo se acercaba a escuchar, a rastrear. Eso sí se lo había contado a ella, aunque sin querer.
No quería pensar en esa noche.
Dejaron de buscarlo para los chapús, de saludarlos en misa, de invitarlos a las reuniones familiares que se hacían tras las jornadas de trabajo. A Isabel, con la excusa de que tenía que cuidar ahora del marido y del hijo, no venían a llamarla para la recova. Las hermanas se habían vuelto a sus casas una tarde, diciendo «adiós, ya nos veremos en fiestas», recogiendo sus cuatro cosas con la rapidez del rayo y dejando a Isabel más sola que la una, con un marido cada día peor y con un niño extraño.
Pensaba en estos detalles mientras seguía a Augusto hasta la casa, sin saber que su vida estaba a punto de dar un nuevo giro.
—Leonor, vengo acompañado.
Isabel había visto a la mujer más veces, en misa, sobre todo, algo menos por el pueblo. Doña Leonor no era de encuentros sociales, y poco sabían de ella las vecinas, aparte de que era vasca pero que había estudiado en Francia y hablaba bien el idioma. Una mujer instruida, con modales, que nunca había acabado de encajar en las costumbres y rutinas del pueblo, y a la que Augusto protegía como la flor rara que era. Hoy la encontraban en la cocina, envuelta en el aroma de algo que se cocinaba en el fuego del hogar, y separando con una espátula unos buñuelos enormes que parecían haberse pegado un poco a la bandeja. El olor a mantequilla hizo que Isabel salivara y se imaginara saltando sobre la mesa de madera maciza que ocupaba el centro de la cocina como un animal, presta a morder las manos que sujetaban el alimento, a devorar no solo aquella especie de panecillo en forma de cuerno, sino las yemas de los dedos que los sujetaban, la piel de las falanges, rebañando cada hueso hasta el tuétano. Apretaba tanto los dientes sujetando al niño tan fuerte que lo despertó.
—Esta es Isabel… Es la viuda de Lázaro.
—Cómo está usted —había dicho la dama.
Isabel no estaba acostumbrada a ese trato. Asintió con la cabeza, en una breve reverencia, murmuró un «bien, gracias, encantada», y clavó los ojos en el suelo de gres.
—Vamos a ponerle de desayunar. ¿Café, Isabel? Con unos cruasanes que acaba de hacer Leonor.
—Eso no sé qué es, Don Augusto. Eso no lo he probao yo nunca.
—Los dulces estos, mira, que son como una media luna. Te van a gustar. Y, si quieres, al niño…
—Toavía no bebe leche normá, es mu chico —explicó Isabel, en un tono muy bajo, con mucha vergüenza.
Leonor intervino, acercando un cuenco grande de fruta al centro de la mesa.
—Hay higos pasos y manzanas. Coge alguna también. Voy a cortar un poco de jamón.
Ese fue el momento en el que Isabel rompió a llorar, al oír la palabra «jamón». No podía recordar bien la última vez que había comido carne, probablemente antes de lo de Lázaro, cuando sus hermanas aún estaban con ella, en algún puchero aguado. Después, ni la caridad de la iglesia, ni los favores que ella había intentado cobrar, habían sido suficientes para poner un trozo de pollo o de cerdo en la mesa. Un huevo de vez en cuando, y sobre todo patata, garbanzo, cuando más, un puñado de lentejas, mucho cardo recogido del campo y cocido en agua sin sal, yerbajos, tagarninas, espárragos silvestres… pero nada más.
Las lágrimas caían como goterones sobre la toquilla con la que envolvía al niño. Leonor le ofreció el cruasán y un pañuelo, y ella, teniendo muy claro qué tenía que hacer primero, le dio un mordisco al bollo. Sintió cómo se le aflojaban las carnes, como un suspiro muy grande que le corría desde la entrepierna y le salía por un agujero invisible de la nuca. El cruasán estaba aún caliente, mantecoso, aéreo, en el punto justo de dulzura y de sal. En su vida había probado nada parecido, y estuvo a punto de acercárselo a su hijo a la boca para compartirlo con él. Se dio tiempo para saborearlo, recogiendo con el dedo las migas que caían en su regazo, en los pliegues del manto del bebé, temiendo el fatídico momento en el que se acabara el sueño.
Y, entonces, Leonor le puso otro bollo en el plato. Y jamón. Y un trozo de queso ahumado. Y un vaso de café con una jarrita de leche al lado.
Pero ella no cayó en la trampa del hambre: comió despacio y dejó la mitad de casi todo, excepto del café. Con los ojos, pidió permiso a la dueña para guardarse el resto. Sacó un pañuelo del refajo de su vestido y, amorosamente, envolvió el trozo de queso, el resto del jamón y el medio cruasán.
—Es que el día es mu largo. Y la noche más todavía.
Augusto había contemplado la escena desde el otro lado de la mesa, sin tocar el café que su esposa le había plantado delante. Ambos se miraron unos segundos y, entonces, él habló.
—Yo no te he querido decir nada estas semanas, Isabel, porque tampoco sabía cómo estabas. No pensaba que la cosa iba tan mal…
—Y cómo pensaba usted que iba, Don Augusto. —Isabel no lo pudo evitar. El comentario le había salido de la boca en un salto, como si fuera un sapo—. Sin marío, sin familia, con el Pueblo vuerto de esparda y con un niño shico en el mundo.
—Yo siento lo que estáis pasando, de verdad. Tú sabes que yo apreciaba a Lázaro…
—No lo nombre usté.
—Pero, Isabel…
—No lo nombre. Usté lo dejó solo cuando él le vino a pedir ayuda.
Augusto bandeó la acusación como pudo.
—Eso no es así. Yo no le di la espalda. Le ofrecí ayuda. Lo mandé al médico… Os mandé al médico, cuando el niño estuvo tan malito, ¿te acuerdas? Eso salió de mi bolsillo, Isabel, y nunca te he dicho de cobrarte nada porque a mí, gracias a Dios, no me hace falta.
—Yo no digo del médico, digo cuando iba al viñedo. Que usté lo echaba de allí, que no lo quería trabajando con los demás… eso lo volvió loco, ¡loco! To er día en la casa metío, comiéndose las paredes de angustia, viendo como nos consumíamos los tres sin ná que echarno a la boca, y el niño chillando, chillando to el rato. —Isabel lloraba otra vez, ahora de rabia. Leonor y Augusto no hacían más que mirarse, sin saber cómo reconducir la situación—. Lo dejó usté solo, y él na más que lo había avisao de que las plantas estaban malas.
—¡Pero es que no era así, Isabel, a ver cómo te lo explico! ¡Es que no pasaba nada! Era un pensamiento que se le había metido a él en la cabeza, no sé yo por qué. El resto de la cuadrilla estaba mu nerviosa. ¡Los puso él nerviosos, con sus cuentos! Nadie quería trabajar con él, decían que tenía detrás algo malo… Tú sabes lo supersticioso que es el Pueblo. Me amenazaron con dejar los trabajos si Lázaro volvía, Isabel, con la recogida ya encima… Qué iba a hacer yo.
—Pero no lo dejamos desamparado —intervino Leonor—. Le dijimos que viniera a la casa, que le daríamos comida y algo de dinero… pero no quiso. Era un muchacho testarudo.
Esa palabra, «muchacho», cayó como un mazazo sobre el alma de Isabel, junto con el resto de la información.
—Decía que no quería la caridad de nadie —continuó Augusto.
—Tenía un hijo, un hijo… y me tenía a mí.
Una niebla de suspiros había invadido la cocina, desdibujando los contornos de los presentes. El niño había estado despierto durante toda la conversación, atento a su madre, como si entendiera cada palabra. En silencio.
—Yo también tengo un hijo, Isabel. Y por eso creo que soy capaz de entender tu situación. Leonor y yo lo hemos estado comentando alguna vez y aprovecho hoy para repetirte la oferta que le hice a tu marido: aquí no os va a faltar comida, si alguna vez la necesitas.
—Yo no quiero caridad de nadie, como decía Lázaro. —Ya hacía ademán para retirarse cuando habló Leonor.
—Pues que no sea caridad. Que sea un sueldo. No vendrían mal un par de manos más. Las tareas de mantenimiento las hacen los hombres de Augusto, y el servicio se encarga del resto. Pero, si te vienes tú, serías mi ayuda personal y, entonces, podría retomar la costura y, sobre todo…
—El piano. —Augusto sonrió, entendiendo—. Leonor tocaba el piano cuando nos conocimos.
Isabel no sabía si todo aquello era una broma o le estaba pasando de verdad. Se le escapaba del entendimiento cómo, en cuestión de media hora, parecía que su suerte estuviera cambiando.
—Mi casa está lejos… y no tengo con quién dejar al niño.
—Bueno, eso no sería problema. Te puedes quedar en la casita chica —comentó el hombre.
Leonor lo miró, rápida. Eso no lo habían hablado, habían dicho de ayudar a la mujer, pero eso… eso era otra cosa. Él interceptó el pensamiento al vuelo y puso en pie la idea antes de que ella pudiera decir nada más.
—No hemos hablado de eso, pero yo creo que es lo mejor. Es poco más que una choza, pero estaríais cómodos y tendrías al niño cerca…
—Piénsalo. —sentenció Leonor, mirando a su marido y luego a la mujer—. Piénsalo unos días y nos dices.
Isabel reunió todo el valor y, mordiéndose la lengua y el alma, contestó:
—Yo les agradezco mucho todo esto, de verdad que cí. Pero no creo que deje mi casa. Es lo único que tengo. Ya nos las arreglaremos. El niño y yo estaremos bien allí.
Y, cogiendo el hatillo con la comida, acomodó al niño entre sus pechos y salió.
A la tercera noche sin dormir porque el condenado crío no callaba, Isabel emprendió el camino de vuelta a la hacienda La Collalba Blanca, dispuesta a aceptar la oferta.
Los primeros meses fueron sencillos, contra todo pronóstico. El niño parecía otro: la cercanía con las vides parecía calmar su desasosiego. Dormía cada noche del tirón, no se quejaba, e incluso estaba ganando peso. Cuando Isabel lo notaba más inquieto, no tenía más que echárselo a la cadera y llevárselo al campo. Era pasar los rosales y ponerse a reír, a echar las manitas a las plantas y a intentar agarrar las yemas con los deditos. El primer gateo, los primeros pasos, fueron entre las vides. Parecía que solo era feliz allí y sus primeras palabras estaban relacionadas con el vino: uva, pasa, bota, cava. A Don Augusto le hacía una gracia tremenda preguntarle al niño cómo se llama esto, cómo se dice lo otro, señalando con el dedo, y el pequeño intentando decir «sarmiento», «majuelo», «pimpollo», «vendimia» y enfadándose cuando el mayor se reía y lo corregía. Así iban corriendo los meses.
El hijo, el otro Augusto de la casa, guardaba más distancia. Era once años mayor que el niño y, como muchos en la hacienda, no había llevado bien el cambio. Todo había sido muy precipitado y en la Casa Grande nadie entendía por qué esa querencia por esa familia en concreto. Un día se lo preguntaron a la señora, que, lista como ella sola, les proporcionó tanto la información oficial:
—Augusto es un buen cristiano. Seguro que cualquier de vosotros hubiera hecho lo mismo.
Como la oficiosa:
—Y Lázaro ya le había pedido ayuda una vez… y no pudo dársela. Qué menos que intentar repararlo ahora.
El hijo había escuchado a su madre hablar así y había pensado mucho en estas palabras. Se tumbaba por la noche a su lado y se abrazaba a ella, y ella le besaba la cabeza y las cejas, y le explicaba el porqué de las cosas del mundo. Y él notaba el peso de la certeza en las palabras, que le caían como gotas de agua gorda en el cerebro y se lo regaban, y le hacían crecer pensamientos nuevos, y se dormía tranquilo hasta el día siguiente. Pero esta vez había un tono, un deje, un acento detrás que no parecía el de siempre, eran gotas más pequeñas, gotas cargadas de tierra roja como cuando venía viento de África y llovía barro y las paredes blancas se quedaban teñidas de naranja durante semanas. Augusto lo sentía y no podía evitar mirar con recelo al niño y a Isabel. Alguna vez había intentado jugar con él, entretenerlo con una pelota que el padre le había traído de la capital, pero no había manera: el niño era raro, esa era la palabra, no parecía un
—No parece un niño de verdad, madre. Parece un niño que ha salío de un cuadro. Como si estuviera así —planchó la servilleta de hilo con la mano sobre la mesa—, como plano.
Leonor estaba desgranando una fuente de vainas y se lo quedó mirando.
—No digas tonterías, Augusto. Lo que pasa es que es muy pequeño. Ya crecerá y echará cabeza y os entenderéis mejor.
—No entiende nada de lo que se le dice nunca, nada más que las cosas del campo.
—Porque es lo que tiene más cerca, hijo. No ves que este niño está todo el día entre las vides, con la madre y con los labradores. Ha dado la casualidad de que no hay más niños de su edad ahora mismo, y también que la madre lo quiere tener cerca siempre, no con las otras mujeres; entonces no escucha nada más que las conversaciones del campo y de su casa. Tendrías que acercarte y charlar tú con él, a ver si lo vas espabilando poquito a poco.
—Ese se entretiene solo, que se pone a hablar con las plantas.
—Pues por eso. No le vendría mal un amiguito que le diera conversación.
Augusto se levantó de un salto, negando con la cabeza.
—Si me lo pides tú, lo haré. Pero querer, no quiero.
—¿No te da pena esa criatura, tan sola?
—No. No me da pena —Augusto cogió aire y lo soltó: —Me da miedo.
Pasó el tiempo. Tal y como le había prometido a su madre, Augusto Hijo había intentado acercarse a él, hacerlo su amigo. A veces se ponían a jugar a la pelota, pero el chico siempre acababa tirándola lejos para que Augusto tuviera que ir a buscarla; en esos momentos, se escapaba, se escondía entre los árboles y le tiraba piedras mientras se reía. El mayor, con una paciencia de santo, lo cogía de nuevo, prometiéndole que, si se portaba bien, le enseñaría su colección de cromos y etiquetas de vino y lo llevaría de paseo a la cantera, que era lo único que parecía interesarle fuera del viñedo. Cuando no le quedaba más remedio, lo dejaba allí y se sentaba cerca a leer. Cada vez que intentaba cogerlo de la mano, el niño chillaba:
—Como un guarro en una matanza. Igualito. No se quiere separar. Allí espera a la madre todo lo largo que es el día, hasta que ella vuelve de la casa grande y lo recoge.
Ese año la cosecha fue normal, ni exageradamente buena ni mala. Hubo suficiente para hacer el vino y llenar los paseros, sin pena ni gloria. El siguiente fue igual, y el tercero y el cuarto un poco peor.
Fue tan gradual que nadie le echó cuentas. Después de la poda, las hojas habían tardado unos días más, una semana quizá, en brotar. Pero el niño lo dijo:
—Las rosas se están estropeando.
Uno de los labradores se dirigió hacia el cercado, secándose el sudor con el antebrazo, la mosca detrás de la oreja. «Ya estaba el niño diciendo tonterías de las suyas», se decía, pero la cosa es que siempre acertaba: «aquí no llega bien el agua», señalaba, y era verdad que la acequia no estaba drenando en condiciones. «Esta parra tiene manchas», y ahí estaba el mildiu haciendo de las suyas. A ver qué pasaba ahora.
A simple vista parecían estar bien, quizá un poco amarillas las hojas, pero había hecho mucho calor y el suelo estaba falto de alimento… pero, al mirar las que estaban más cerca en el suelo, el corazón le dio un vuelco.
—Dile al patrón que venga corriendo.
Después fue todo muy rápido. El azufre no consiguió nada, ni la poda, ni los expertos. Grandes nombres vinieron desde Ronda, Málaga, Montilla, desde el Duero y desde Barcelona. No sirvió. El portugués llegado de Oporto lo dijo claro, era la misma plaga que ya se había intuido en Francia y en Austria, y a la que habían hecho oídos sordos en los institutos tres años antes. El cordón sanitario no había funcionado porque ninguno estaba dispuesto a arrancar las viñas de raíz, porque eso, aunque no significaba morirse de hambre y de miseria (o, al menos, no inmediatamente), sí que significaba dejar de ganar. Y nadie quería dejar de ganar.
Al principio, Augusto lo tomó con filosofía: pensaba que sería temporal, que encontrarían alguna solución. Empezó por quitar las plantas que estaban más estropeadas, aquellas que presentaban más bultos y nudosidades. Pasaba la semana yendo y viniendo a la capital y a los viñedos cercanos, valorando la situación, inquiriendo e interesándose por las noticias que llegaban de Francia. Hizo arrancar las plantas y sumergirlas en agua sulfurosa, para ver si así mataba hongos e insectos. No dormía, apenas comía. Los campesinos llevaban semanas parados sin trabajar, no había nada que hacer en la tierra. Las vides se morían, veían los frutos pudrirse en las ramas. Salvaron lo que se pudo y el resto dio de comer a las bestias.
El niño chico enmudeció, y las gentes no se escondían ya para hablar. Lázaro lo había dicho antes de morir y se había cumplido, pero, más que como una profecía, lo habían entendido como una maldición. Que el niño correteara como si nada entre las viñas, que se abrazara a ellas, que escarbara en la tierra y que le hablara a las plantas no ayudaba a calmar los rumores. En la casa grande, Augusto había gastado mucho dinero en viajes, especialistas, consejos y químicos, y la única fuente de ingresos era el campo. Solo quedaban los ahorros de Leonor, que se consumía por la preocupación a cada hora que pasaba.
En los años que llevaba en la casa, Isabel había adoptado una posición de cercanía relativa, sin trabar amistad con la dama. Sirviendo, escuchando y callando, como una buena ama de llaves, que era en lo que al final se había convertido: en la guardiana de los secretos de la casa. Conocía los suspiros de la dueña, las preocupaciones.
Primero se fueron los más jóvenes, que decidieron probar fortuna en el Campo de Gibraltar en la recogida de la naranja y el trigo. El resto fue abandonando en un goteo silencioso que dejó la casa sola en menos de tres meses, solo con Augusto, Leonor, Augusto hijo, Isabel y el crío.
—Al niño no te lo puedes traer —le dijo la jefa de las recoveras la primera noche—. No se puede cargar con un niño todo el camino pa Málaga ida y vuelta, no aguantan. Si no tienes donde dejarlo, mételo en la casa y le cierras la puerta. Escóndele los cuchillos y lo peligroso y le cierras por fuera.
—No, eso no puede sé porque no volveremos hasta la tarde, no se puede quedá solo tanto rato. Lo dejaré en la casa grande, le diré a la señora que tengo que ir al médico o algo. Ya se me ocurrirá.
—Las mentiras tienen las patas mu cortas.
—Pero me puedo ir entonces con vuestro grupo, ¿no?
—Sí. Pero ojito. Las mujeres no están contentas con esto.
—Yo no quiero que nadie esté a disgusto por mi culpa. Me iré sola entonces.
—No digas tonterías. Este trabajo se puede hacer porque somos muchas por el camino. Sola, ni mijita. Sola te cogen los hombres que viven en el monte… y no se ve ya er só de nuevo. Yo te ayudo porque a mí me da iguá ocho que ochenta y no hago caso de las habladurías, ¿me entiendes?
—La casa esa se va a vení abajo. Pero se lo merecen.
—Chiquilla, ¿cómo hablas así? Esa gente te ha recogío cuando no teníais na, ni tú ni tu criatura.
—Ese hombre dejó desamparao a mi marío. Fue él quien lo echó al agua.
—No se puede estar pendiente de toa la gente que pide amparo. Que no te escuchen hablar así las demás, o será la primera y la última noche que camines el monte.
Isabel guardó silencio y acató. Le convenía el trato para así poder intercambiar o vender en la capital lo poco que había ido juntando a lo largo de la semana, del mes. Augusto les aseguraba aún la comida a ella y al niño, pero sabía que no faltaba mucho para el fin de esos días de mayor desahogo, y quería tener algo guardado por si tenía que volverse a su casa. No la había abandonado. Es más, se había afanado en mantenerla medio arreglada y limpia yendo cuando podía, a espaldas de todos, y reparando ella misma las goteras y las maderas rotas por el tiempo. La casa todavía olía a Lázaro, y su recuerdo la acompañaba y la envolvía en los días más duros, le daba fuerza para seguir adelante. Cuando estaba allí, le hablaba. No en voz alta, por supuesto, porque no era ella de esos remedos teatrales, ni necesitaba una expresión exagerada de los sentimientos. Le hablaba con la cabeza, con el interior de su mente, y sentía, a veces, que él le contestaba, aunque fuera muy bajito, desde debajo del agua.
La primera noche de la recova lo pasó mal, tremendamente mal. Habían juntado un grupo de diez o doce. Seguirle el ritmo a las mujeres fue casi imposible, y se rezagó en varias ocasiones, recibiendo a cambio los suspiros y las arengas de las tres o cuatro que iban más adelantadas. Ella estaba en buena forma física. Al fin y al cabo, tanto trabajar el campo acaba por curtir las piernas y los brazos, pero, aun así, eran treinta kilómetros, siete horas de caminata con pocas paradas por un camino a través de la sierra que parecía no tener fin. Habían elegido la noche de luna entera para salir, pero, de todos modos, llevaban candiles de aceite y pequeñas antorchas caseras que manejaban con mucho cuidado, porque el monte estaba muy seco. Las que no iluminaban, portaban las botas con agua fresca. Hicieron cuatro paradas, dos más largas que las otras, y compartieron algo de pan y queso curado. Cada una llevaba a las espaldas un hatillo con lo que hubieran reunido para vender: huevos, jabón casero, pasas, higos, alguna reliquia o recuerdo familiar del que se pudiera prescindir. Isabel, nueva en el negocio, se había cargado más de la cuenta y ahora pagaba el precio, pero su determinación la movía, la impulsaba a poner un pie detrás del otro y se repetía que era por el niño y por la memoria de Lázaro, que su sufrimiento era el pago que hacía a la providencia a cambio de la promesa de un futuro mejor, más justo. Este pensamiento la mantenía y la alimentaba y por eso llegó a Málaga igual que las otras, al amanecer. Ocupó su lugar en el mercado y, tras extender el grueso mantel con el que había protegido su mercancía, dispuso encima lo que había cargado: uvas pasas, higos, una docena de huevos y cuatro botellas de medio litro del vino que hacía Don Augusto.
—Eso de dónde lo has sacao —le preguntó la jefa, conociendo de antemano la respuesta.
—Si te callas, te comparto lo que gane.
—Tu patrón se dará cuenta —contestó la otra, un poco preocupada, pero consciente ya de que tenía un buen negocio por delante si era lista y rápida.
—Ese no sabe dónde tiene los ojos de la cara.
Y, así, vendió esa mañana todo lo que llevaba. Las otras la miraron con envidia, pero Isabel las desafió pronto, recordándoles que allí ninguna estaba libre de acusación ni tenía las manos limpias. Callaron y cerraron un pacto de no intervención que se prolongó los siguientes meses. Poco a poco, cuando vieron que valía para la recova, la fueron incorporando en sus conversaciones y, aunque nunca pareció formar parte verdadera del grupo, sí que dejó de ser una presencia incómoda, solo soportable. En la casa le preguntaron un par de veces por ese médico de Málaga, hasta que Leonor la cogió un día y le expuso la realidad.
—Sabemos Augusto y yo que te estás yendo con las recoveras.
Isabel ya estaba preparada para esa conversación, así que respondió como tenía pensado:
—Aquí en el pueblo casi no queda nada, y es cuestión de meses que ustedes me señalen dónde está la puerta. Si no semanas.
—¿Te hemos tratado nosotros mal acaso, Isabel? —respondió Leonor, un poco ofendida.
—Sabe usted bien que no es eso. Tengo que mirá por mi hijo, no hay má.
En los años que habían estado compartiendo hogar, no habían desarrollado una relación de confianza, pero se habían mantenido ambas en una calma chicha reposada que había facilitado la convivencia. La señora le había cogido cariño al crio, incluso siendo tan raro como era, y no le importaba echarle un ojo cada vez que se terciaba. Aun así, nada parecía reparar el agujero gigante, el agravio que flotaba entre ellos y que Isabel avivaba con sus miradas y sus gestos cotidianos de incomodidad e ira contenida.
—Si pa usté es una incomodidá echarle un ojo al chavá mientras estoy fuera, me lo dice y santas pascuas, yo me busco otra manera y se acabó.
—No te estoy diciendo eso, y lo sabes —terció Leonor, seria—, tan solo que nos pones en un brete. Que parece que aquí te hemos sentenciado ya a irte cuando no es así. Aquí no estorbáis ni tú ni el niño.
Leonor sintió, por primera vez en muchos años, que esas palabras que salían por su boca no eran del todo ciertas. Sí que le estorbaban últimamente, sí que los notaba cada vez más como un elemento extraño, algo que no debería estar ahí, pero que ahí estaba. Llevaba meses teniendo presentimientos desagradables, pensamientos recurrentes, sueños raros que no parecían propios de ella… imágenes en las que Augusto, a sus espaldas, se acercaba a Isabel y la tomaba entre sus brazos y la besaba como hacía años que no la besaba a ella, fotogramas oscuros en los que ella quedaba llorando de rabia en un rincón de la casa grande, rodeada de una sombra negra, gigante, puntiaguda, que le hacía daño cada vez que intentaba atravesarla para escapar, que le robaba la voz y la alegría, las ganas de tocar el piano, de estar con su hijo, y que la amargaba. Volvió a repetirlo para conjurar el mal pensamiento, pero ya era tarde. Ambas lo sintieron.
—Que esta es ahora también vuestra casa —mintió.
—Ya. —Isabel también hizo un esfuerzo, que no surtió el efecto deseado—. Gracias.
Una mañana en el mercado, cuando ya recogía para irse, se le acercó un hombre, bien vestido, de dinero. Ya lo había visto más veces y lo reconoció enseguida.
—¿Te queda alguna botella del vino ese que traes? —le dijo, sin buenos días o cualquier otro prolegómeno.
—Hoy no. Ya la próxima vez, si acaso.
El hombre asintió varias veces y la miró de arriba abajo.
—De dónde venís vosotras.
—Del Pueblo, del otro lao del monte. —Isabel contestó, recelosa, y empezó a recoger más deprisa, plegando el mantel en forma de hatillo.
—Del Pueblo. Ya veo. —El hombre se encendió un purito y, sin dejar de mirar a Isabel, continuó—: Yo ahí quiero comprar tierras. Me gusta el vino este que traes. ¿Es de tu patrón?
Isabel no contestó. No era normal tanta pregunta y tanto interés y estaba valorando cuáles eran sus mejores opciones para escurrirse de allí. Ya tenía diseñada una ruta de escape para salir corriendo, callejeando hasta la avenida principal y luego hasta la playa, cuando el hombre la detuvo con sus palabras.
—Sí, es de tu patrón, claro que sí. Pero tranquila, yo no tengo intención de acusarte ni nada parecido. Yo entiendo de vinos y ese es bueno, y me interesa la tierra donde crece esta uva. Mira, te voy a dar 10 pesetas. Es mucho más de lo que vale la botella, eso tú ya lo sabes, a cambio de que me digas el nombre de tu patrón y dónde queda su hacienda. Ahora está la cosa complicá por allí, lo sé bien, y seguro que le interesa. A él, y a todos los del Pueblo. ¿Qué me dices?
Isabel no lo pensó. No le hacía falta. El picor que sentía en un rincón de su cerebro y en sus tripas le decía que ahí estaba la oportunidad por la que había estado rezando todo este tiempo.
—Se llama Augusto Mahastizain, y la finca es La Collalba Blanca.
—Ya.
Isabel esperó un momento y luego lo soltó.
—El dinero.
El hombre soltó una risita por debajo del bigote, echó mano de la cartera y le acercó algunos billetes. Antes de que ella los cogiera, los retiró.
—Y tú te llamas.
Isabel se mordió los labios, pensando que se la había jugado.
—Usted primero.
—Yo soy Domingo Castellano.
—Yo me llamo Isabel. Y ya me voy. —Al darse la vuelta, supo inmediatamente que la conversación no había acabado ahí.
—Nos veremos, Isabel. Te lo puedo asegurar.
No le gustó el tono en el que el tal Domingo Castellano le decía eso, así que se volvió. Con los ojos, preguntó si aquello era un vaticinio o una amenaza. Y, con los ojos él también, le respondió que eran las dos cosas. Isabel se dio la vuelta y, andando rápido, se perdió pronto de su vista, callejeando por la ciudad.
Diez días después, llegó una carta a la casa grande. Augusto la leyó varias veces y luego llamó a Leonor. Estuvieron sentados en la cocina mucho rato, los papeles abiertos sobre la mesa, hablando a veces bajito y a veces más alto, como discutiendo. Desde fuera, Isabel solo distinguía palabras inconexas que no le daban información alguna de la conversación, pero no le hacía falta. Sabía quién la había mandado y sabía aún mejor lo que decía. Intuyó el «no» y, durante las horas siguientes, lo confirmó y se configuró en una decisión rotunda e inamovible.
Ella había estado pensando mucho, dándole vueltas en su cabeza a una idea, un plan imposible, alimentado por una ira y una oscuridad que se hacía cada noche más grande y ominosa.
Le ocurría cada vez que el niño volvía a la casa. Era verlo trasponer la puerta, tan blanco, tan rubio, tan… raro… que le entraba como un sinvivir por el cuerpo, una sensación difícilmente explicable para una madre, que mezclaba sentimientos de posesión, reconocimiento y pertenencia (era suyo, suyo y de su padre), pero también un rechazo innegable, que a ratos iba y a ratos volvía, como pequeñas olitas en el agua. Ella no lo podía negar, pero lo tapaba, porque así hacían las cosas la gente de su clase y de su pueblo: echar tierra por encima, cal viva, y seguir, y proteger lo suyo, lo que había sido siempre.
Y para eso había que echar fuera todo lo que tuviera que ver con la muerte de Lázaro. Empezando por aquel que la había propiciado.
Así que, cuando Augusto resolvió no vender la propiedad, Isabel tuvo claro el siguiente paso. Recorrió de nuevo el caminito hasta la bodega particular del patrón, que se encontraba a unos cientos de metros de la casa, pasada la primera fanega de vides; abrió con la copia de la llave que se había afanado hacía ya meses y tomó de la estantería más oscura y alejada dos botellas de una añada antigua, rellenando el espacio vacío con otras dos botellas sacadas estratégicamente de aquí y de allá. Esa misma noche, le dijo al niño que se fuera al viñedo a dormir, que no fuera a la escuela al día siguiente y que la esperara allí hasta que ella volviera. A él le pareció un regalo. Ella, luchando una vez más con esa sensación de amor y de asco que la atenazaba cada vez que notaba esas peculiaridades de su hijo, se echó el hatillo a la espalda y emprendió el camino a la capital por el sendero que, ahora sí, conocía bien. No le dio miedo ni la oscuridad ni la soledad: yendo sin las compañeras no tenía que escuchar conversaciones estúpidas, ni quejas, ni dar ella a su vez explicaciones de nada. Se notaba ligera, con energía, casi como si una fuerza superior la empujara e hiciera que sus pies no sufrieran las vicisitudes de la caminata. No había luna, y ella veía sin la lámpara; no había viento, y ella sentía el frescor en el cuello, en las mejillas. Solo una vez se detuvo a beber, cerca de un pequeño manantial que había ya pasando el punto más alto de la sierra. Mientras estaba agachada en el arroyo, mojándose la cara y las manos, creyó ver por el rabillo del ojo moverse una sombra larga. Echó mano del cuchillo que llevaba siempre en el refajo por si encontraban hombres de la montaña por el camino, pero, inmediatamente, algo en su interior le hizo saber que no sería necesario. Se levantó un poco con cuidado, sigilosa, entornó los ojos y entonces la vio.
Nunca se lo contó a nadie porque tampoco hubiera tenido las palabras necesarias para describir a la criatura. Las gentes mayores del pueblo que alguna vez se habían atrevido a mencionarla lo habían hecho por lo bajini, en habitaciones cerradas y cerca de alguna lumbre, por si acaso. Ella había escuchado de refilón estas historias, pero no les había dado más crédito que el que merece un respeto básico por las creencias de los viejos, que algún fundamento tenían siempre, aunque no se entendiese muy bien de dónde salían. Cuando la tuvo delante, supo que era ella. Y supo también que, aunque él la hubiera visto con otra forma, era aquello lo que había atormentado a su Lázaro en sus últimos días.
La cosa oscura, alta, delgada, con los brazos desproporcionadamente largos y finos, hacía como que chapoteaba en un recodo del arroyo, levantando alternativamente las rodillas huesudas de unas piernas cortas y zambas, envuelta toda ella en una neblina oscura y densa que solo dejaba adivinar estos detalles. Las guedejas largas, húmedas, caían enmarañadas por su cabeza, ocultándole el rostro, enredándose, ya casi en el agua, en unas manos huesudas acabadas en garras afiladas como cuchillas. Sus movimientos, inconexos y secos, inducían a imaginar cualquier cosa menos una danza, ya que no había nada en ellos que sugiriera cadencia o ritmo. Sin embargo, Isabel supo que la criatura bailaba, que estaba, por alguna razón que a ella se le escapaba, contenta, y que estaba a salvo. Al menos de momento.
Pero no sabía qué hacer. Escuchaba muchas voces distintas en su cabeza y luchaba con un repertorio de sentimientos encontrados que iban desde el miedo, por supuesto, hasta la curiosidad, pasando por una especie de desconcertante reconocimiento que la llevó a pensar directamente en el crio, en que lo que estaba viendo le resultaba familiar. Una horrible desazón le recorrió el estómago y se le asentó en la garganta. Tuvo que tragar varias veces hasta que pudo respirar de nuevo y, con una determinación que no estaba segura de entender, se puso de pie.
La criatura se detuvo en un movimiento, la cabeza daleada y una rodilla en el aire. Sabía que se estaban mirando, aunque no hubiera ojos detrás de toda esa oscuridad danzante.
—Sigo mi camino —susurró Isabel, como si hablara en sueños, la voz saliendo a trompicones de su boca. Y esperó una respuesta.
No llegó. Sabía que la había escuchado, pero ahí seguía, el baile detenido, la cabecita torcida, el bosque entero en silencio de repente.
Contó hasta diez. Se dio la vuelta, recogió su hatillo y se dispuso a retomar el camino.
Cuando, tras unos minutos andando, calculó que ya la habría perdido de vista, se volvió. Y el corazón se le paró.
Allí estaba, a la misma distancia a la que la había dejado, en la misma postura, igual de grande y de fea, solo que, esta vez, juraría que se estaba riendo.
Corrió, y a riesgo de caerse y romper el candil y las botellas, miraba por encima de su hombro a cada rato, sin detenerse, solo para comprobar que seguía ahí, como si fuera un forillo de un teatro e Isabel una actriz que tan solo hacía como que corría. La sensación de estar a salvo se había quedado a la orilla del riachuelo y la mujer era ahora la viva estampa del miedo y el dolor. Tras varios minutos corriendo todo lo que le daban las piernas, sintió que el pecho le ardía y que el corazón no le iba a aguantar más, que, por mucho que ella quisiera continuar, no había más que hacer. Allí estaba su fin.
Se dejó caer.
Algo la sostuvo.
Cuando abrió los ojos, la vio, una calavera alargada y pellejosa pegada a su rostro, escrutándola como quien mira un bicho a través de una lupa, con toda la curiosidad que pudiera haber en el mundo en ese momento, en una conexión que para ella fue esclarecedora. Las voces habían vuelto, con más fuerza, pero ese coro disonante, inespecífico, loco, parecía dotar a la escena del sentido que le faltaba.
La tenía sujeta por debajo de los brazos con sus enormes garras, pero no se las clavaba, parecía que no era su intención hacerle daño. Simplemente quería mirarla de cerca, observar qué era lo que había… ¿elegido? Esa palabra se formaba entre la maraña de acentos y de idiomas que escuchaba cada vez más fuerte, sintiendo que demasiada información buscaba espacio en su cabeza, sin éxito. Necesitaba gritar, pero no podía, era solo una muñeca desmadejada en brazos de aquel ser primigenio cuyas intenciones no estaban claras. Todo era difuso, increíble.
No quería (¿o no podía?) cerrar los ojos, apartar la mirada de aquellos dos espacios oscuros de los que parecían salir microscópicos tentáculos de sombra que le acariciaban la cara y el pelo, dejando a su paso un rastro pegajoso, impío, que hizo que a Isabel se le aflojaran aún más las piernas. La zarandeó un par de veces, como si estuviera comprobando cómo de fuerte era su estructura, como de bien hecha estaba. Sentía que las voces preguntaban, cuestionaban y se respondían ellas mismas, y entendió que formaban parte de la propia criatura; que, de alguna manera, esa miríada de tonos y acentos constituían el esqueleto, o los músculos, o la piel, o todo el ser de aquella cosa. Por detrás de ellas, una risilla medio ahogada marcaba el ritmo de las conversaciones como un diapasón de huesos. Entonces, aquello se pidió silencio a sí misma, se dijo chsssssttttt, el murmullo se fue callando poco a poco y una de las voces se superpuso por encima de las demás. No movía la boca, pero Isabel la escuchó diáfana, inconfundible.
—Te voy a ayudá.
Sí, no había duda.
Era la voz de Lázaro.
Después, todo se volvió más oscuro aún.
Cómo llegó a Málaga esa mañana, nunca pudo recordarlo. Solo sabía que, de pronto, había abierto los ojos y el sol la había deslumbrado. Estaba tumbada al final del camino que salía del monte, con la ciudad ya adivinándose a pocos minutos de camino. Se levantó, muy sobresaltada, y se exploró el cuerpo, se tocó la cara. No parecía estar herida; de hecho, ni siquiera estaba cansada, hambrienta o sedienta. Parecía haber despertado de un sueño reparador y tan solo le quedaba en la boca un breve regusto amargo de pesadilla, aunque no pudo hilar qué había sido. Trató de aprovechar los pocos segundos de semiconsciencia que le quedaban para atrapar alguna pista en forma de recuerdo, pero, cada vez que miraba a la noche pasada, la cabeza le daba vueltas.
Al ponerse en camino de nuevo, notó que sus ropas olían diferente, a esa humedad características de los armarios que llevan mucho tiempo sin abrirse, o como cuando se guarda un jersey de lana sin que termine de secarse del todo. Esto la extrañó. Ella siempre iba limpia y sabía que su sudor no olía así. Tampoco podía distinguir de dónde había salido aquel tufo, solo que… de alguna manera… no le resultaba del todo desconocido. Acabó por llegar a la ciudad pensando que lo más probable era que se hubiese desmayado por el cansancio, o algo parecido, no sería la primera vez que le pasaba algo así, y que, bueno, que total, que no había pasado nada al final y que ya pondría en orden su cabeza cuando tuviera tiempo. El campo le había enseñado que había que aprovechar cuando una estaba bien y con fuerzas renovadas para sacar trabajo adelante, y eso era lo que iba a hacer.
No tuvo que preguntar mucho, porque, evidentemente, el señor era conocido. Le dieron las señas pronto y, a la media hora, estaba frente a la fachada de una enorme casa señorial de una zona pudiente de la ciudad. En la puerta, ella se presentó y dijo al criado que le llevaba un vino que le había encargado. Quisieron que lo dejara en la cocina, pero Isabel se negó. Quería llevárselo al señor en persona, no fuera a ser que entre la cocina y las habitaciones se perdiera, espetó. El criado, entre divertido por la salida y molesto por la duda (legítima, en este caso, aunque la mujer no lo conociera de nada) dio aviso y al poco la hicieron pasar a un despacho grande, con las paredes cuajadas de cuadros y fotografías enmarcadas. Un enorme ventanal que daba a la calle iluminaba el escritorio, cubierto de carpetas y papeles. Tras la mesa, un sorprendido Domingo Castellano la esperaba con las manos cruzadas.
—No me hubiera imaginado yo que la primera visita de hoy ibas a ser tú, fíjate —dijo, enarbolando una media sonrisa que a Isabel ya no le parecía tan desagradable.
—Buenos días —contestó ella, con más educación que él.
—Buenos días, es verdad.
—Le he traío el vino que me pidió. —Isabel tanteaba el terreno, buscando posibles piedras con la azada antes de meter el pico.
—Ya. El vino. —Domingo, que jugaba mejor que nadie a esos juegos, dejó que hiciera las primeras aproximaciones, con curiosidad—: Me parece a mí que, tal y como está la cosa, va a ser la única manera de catarlo.
Isabel abrió el petate y dejó las dos botellas sobre la mesa.
—Mi patrón no le va a vender las tierras, o, ar meno, no las que usté quiere. El viñedo y la casa seguro que no.
—Ya, eso me ha dicho en su respuesta a mi carta. Me lo ha dejado bien clarito, que gracias, pero no. Y eso que yo ya he hecho mis averiguaciones y sé que está casi en la ruina. No aguantará el invierno. ¿Eso lo sabías tú, eh, que le quedan meses a esa hacienda?
—Mejó que usté, que vivo allí. Mi zagá predijo la ruina hace mese, y mi difunto antes que él. Pero nadie lo escuchó.
—¿Tú chiquillo? Esta sí que es buena. Lo que sabrá un niño sobre el campo.
Isabel no percibió que alguien o algo tomaba el control de su cabeza y de su boca, solo que las palabras le salían solas, con una determinación y un valor que no había sentido en su vida.
—Mi chiquillo sabe más que tú y que cuarenta como tú, ¿sabe por qué? Porque, pa empezá, él no pierde el tiempo en intentá aparentá cosa, o en que los demá se queen conforme. Él é como é. Y él sabe cómo sarvá esas tierra. —Al escucharse decir eso, se extrañó, pero continuó igualmente—: Lo que pasa es que no se lo vamo a decí a cualquiera, y meno al patrón.
Domingo Castellanos estaba boquiabierto, pendiente de cada palabra de la conversación, sabedor de que ahí delante tenía el mismo filón que Isabel acababa de descubrir: un terreno fértil en el que cavar y sembrar
—No estoy muy seguro de entender lo que te propones.
—Mu sencillo: mi patrón no va a vender toda la tierra, pero a lo mejor sí quiere vender parte: la que no compete a la casa ni al viñedo. La parte de los trigales, la que llega hasta la cantera. Eso usted lo puede convencer seguro, que para eso es hombre de palabrería.
Lejos de ofenderse, Castellanos asintió, y explicó:
—Sí, pero es que a mí esa parte no me interesa. Yo la que quiero es la otra. ¿No ves que, cuando pase todo esto de la plaga, toda esa tierra se va a revalorizar? Eso es lo único que me interesa de ese terreno, que está mu bien colocao y que ahí se puede hacer uno de oro.
—El que sepa manejarla, sí. Tú todavía no tanterao de cómo funciona el pueblo, me parece a mí. Mucha casa rica, pero poco conocimiento.
—Señora, vamos a ver el tono, ¿eh? Que yo no consiento bajo mi techo…
Pero Isabel ya no era ella, ni falta que le hacía.
—Tú no tienes na que consentir ni falta que hace —dijo en voz más baja, acercándose a la mesa y clavando las uñas en ella. Domingo no sabía lo que estaba presenciando, pero mantuvo el tipo a la vez que, con disimulo, trataba de localizar el abrecartas entre los cientos de papeles esparcidos por el escritorio. Ella siguió, amenazante, apuntándole con el dedo índice—: Escúchame bien, que te lo voy a explicar solo una vez. Mi patrón venderá una parte nada más… pero yo puedo hacer que esa parte se convierta en el todo.
—Pero ¿eso cómo?
—Tú hazle la oferta, convéncelo como mejor puedas, por mí como si te tienes que plantar allí mismo con el dinero en metálico pa que lo vea con sus propios ojos, me da iguá. Tu único trabajo ahora es que te firme que te va a vender una parte. Luego vendrá el resto, y de eso… del resto… nos ocupamos nosotros.
—¿Qué? ¿Quiénes? —Domingo no entendía nada, pero se notaba constreñido, ahogado por las palabras y la presencia de la mujer. Solo quería que acabara y se fuera de allí con viento fresco, el mismo que a él le hacía falta para respirar y deshacerse de aquel olor a humedad que había impregnado la habitación.
Una mirada poderosa, larga y en silencio sentenció las últimas palabras de Isabel antes de abandonar el despacho:
—Nosotro. Los Gallardo Molina. Quéate ya con ese nombre, que lo va a escuchá bastante.
Y dejando el hatillo sobre la mesa, se dio media vuelta y salió del despacho sin decir nada más.
Domingo Castellano no sabía qué había pasado. Por primera vez en su vida, no tenía idea de por dónde le daba el aire. Se levantó y, tanteando con manos temblorosas, abrió el ventanal, inhalando a grandes bocanadas, dando gracias por el salitre que le llegaba del mar, que no estaba a más de unos cientos de metros. No sabía, no, y conforme pasaban los segundos se decía que bueno, que tampoco había sido para tanto, que era una mujer peculiar, de pueblo, un tanto loca, y que, después de tanto camino recorrido por la noche, estaba cansada y no sabía bien lo que decía, o cómo lo decía. Pero no, algo en su interior le contestaba que no, que tenía razón y que debía obedecer. Había visto claramente la oportunidad dibujada frente a sus ojos, en las palabras y los gestos de Isabel, aunque no pareciera la misma a la que había conocido en la calle. Sí, lo había visto en esa versión, ahora que lo pensaba, fuerte y renovada de la mujer. Y, total, él, en su posición, no tenía nada que perder. Tan solo debía hacerle una nueva oferta al tal Augusto, insistir un poco más. Había hecho mal en rendirse tan pronto con aquel proyecto, pero tenía tantas cosas en la cabeza… Los negocios no eran así, se dijo, siempre hay que intentarlo un poco más, hasta que salgan. Y le había hecho falta la visita de Isabel para entenderlo. Eso haría: les haría caso a las dos.
—Las dos… —murmuró. No sabía de dónde había salido ese pensamiento.
Y, dándole vueltas a esto último, se sentó otra vez frente a su mesa, un tanto sorprendido por esa idea que ahora no abandonaba su cabeza, que golpeaba los recovecos de su cerebro como una pelotita de goma, algo de fondo, como una vocecilla. Sacó papel y pluma y procedió a redactar una nueva carta con destino a La Collalba Blanca, que uno de sus hombres entregó al día siguiente, 1 de septiembre de 1878.
En año nuevo se firmó el primer contrato de venta.
A los dos meses, Leonor Mahastizain murió.
Cuatro meses más tarde, la siguió su marido.
De Augusto hijo, nada más se supo en el pueblo.
Isabel y su hijo entraron a vivir en la casa grande ese mismo verano.
CAPÍTULO 6: El viajecito.
—Abuela, por favor. Deja de guardarte cosas en el bolso, no me avergüences.
—Esto lo hemos pagado. Y esto —coge dos sobrecitos más de azúcar, las cucharas de plástico y las servilletas y las introduce en su riñonera— también. Es un robo lo que hacen en los aeropuertos.
—Di que sí, Naoko —su compañera de mesa aplaude con alegría—, que está todo carísimo. Carísimo.
Uno de los camareros de la cafetería se acerca, avergonzado, a Shota.
—Perdone, señor, pero uno de los clientes de su grupo parece haberse quedado encerrado en el cuarto de baño.
Shota suspira. Tercera vez en menos de dos horas.
—Por última vez, ni este hombre de aquí ni yo somos los cuidadores de todas estas personas. Somos compañeros de viaje.
El camarero parece no entender lo que le está diciendo, y así se lo expone.
—Pero si usted es muy joven. ¿Esto no es un viaje de la tercera edad?
—Lo es, en efecto.
Toji sonríe, divertido, observando cómo la forma que se dibuja sobre la cabeza del camarero toma cuerpo y consistencia, hasta transformarse en un perfecto interrogante. Shota no va a darle más explicaciones, lo sabe, y eso lo hace todo aún más divertido. El camarero parpadea, blink blink, y continúa:
—Entonces, no va a venir a ayudar.
Shota deja pasar unos segundos.
—Voy. Pero que conste que todos estos seres humanos adultos son perfectamente capaces de solucionar sus vicisitudes cotidianas.
Toji reprime una carcajada, que queda tan solo en una risita ahogada.
—No te rías, que es verdad. Que nos tienen de mayordomos —dice Shota mientras se dirige al baño de caballeros.
—Venga, hombre, que ni siquiera hemos salido aún.
—De mayordomos, dice. Qué poca vergüenza, encima que se viene de vacaciones con nosotros —pone la puntilla Naoko.
—Abuela, ya sabes que él se ha pagado su propio viaje. Te ha llevado las maletas todo el tiempo. Te ha arreglado la radio en el tren cuando se te ha caído al suelo, que no sabías colocarle las pilas. Y en el control de seguridad te ha puesto en la bandeja todas las cosas y luego se ha asegurado de que no se te olvidaba ninguna.
—Este muchacho entonces quién es, Naoko —inquiere Noboru, subiendo a tope el volumen de su audífono.
La abuela aprieta los labios y mira a Toji, que espera la misma respuesta una vez más, suspirando.
—Un amigo de mi nieto. —Y añade—: Que coincide que va de viaje de negocios a España.
—Ah. Pues mira qué bien.
—De bien, nada. Es muy pesado. Y vámonos, que la puerta de embarque abre en media hora.
Hubo dos momentos complicados a la hora de plantear lo del viaje. El primero, por supuesto, fue convencer a Naoko de que debía hacerlo. Ni quería, ni veía ya razón alguna para recorrer ese camino sin su compañero de vida. Toji estuvo dos días enteros intentándolo por las buenas, dándole argumentos variados para convencerla de que era la mejor decisión: que si el abuelo lo hubiera querido así, que el pasaje estaba ya pagado, que el billete de Morizuka se podía cambiar a su nombre y que sería muy bonito para los dos, que era el mejor momento…
—Nada. Que dice que no —informó a Shota un par de tardes después del encuentro en el templo.
—Ummm…
—Ummm, qué.
—¿Le has dicho la verdadera razón por la que vamos?
—No. No sé hasta qué punto… ¿crees que ella lo sabe? No la quiero asustar.
—Cuánto tiempo estuvieron juntos, Toji, ¿sesenta? ¿Setenta años? ¿Crees que hay alguna persona sobre la tierra que conociera mejor a tu abuelo? Dudo mucho que él no le contara lo de la fotografía.
Y esa misma noche, mientras sacaban la basura, Toji tanteó el terreno.
—Además —comenzó valiente, in extrema res, lanzándole un órdago que no sabía si iba a colar—, que el abuelo tenía entre manos una investigación. Como tú ya sabes.
Naoko se volvió y lo miró durante unos segundos.
—No sé de qué me estás hablando.
—Sí que lo sabes.
—No, no lo sé.
—Sí, sí que lo sabes. Testaruda.
—No le hables así a tu abuela.
—Pues no intentes confundir a tu nieto.
Naoko intentó zafarse unos minutos más, refunfuñando y haciendo aspavientos con las manos, pero, una vez en el interior de la casa, fue ella la que retomó el tema:
—Tu abuelo y sus historias. Toda la vida igual, con sus investigaciones.
—Entonces, ¿tú sabes lo de las fotografías?
—Pues claro que lo sé. Si estaba a su lado la primera vez que habló con esa niña. Con la chica de la foto.
—Museo Casa de la Luz, dígame.
Al otro lado de la línea hay un silencio, pero la chica escucha un susurro de mujer y, a continuación, una voz de hombre que, muy despacio, pronuncia las siguientes palabras.
—Buenos días. Mi nombre es señor Morizuka Tatsumi.
Ella sonríe ampliamente, porque entiende la situación. Conoce a la clientela japonesa y sabe que el señor se está esforzando por hablar español. Responde amable, en los mismos términos.
—Buenos días, señor Morizuka, ¿en qué puedo ayudarlo?
Naoko, con la oreja pegada al auricular al otro lado del mundo, le traduce a su marido.
—Que qué quieres —le susurra.
—¡Que ya lo sé! —contesta él, nervioso, tembloroso.
La chica escucha la conversación en japonés, y espera pacientemente. Morizuka revisa las frases que tiene apuntadas en su libretita y, continúa, de forma muy trabajosa.
—Yo por favor desearía reservar para personas dos una mesa. Por favor. Muchísimas gracias.
—Si es tan amable —apunta su mujer.
—Si es tan amable —repite él. Le sudan las manos una barbaridad. Ni siquiera sabe si es la muchacha de la foto, aunque su corazón le dice que sí.
Sin abandonar la sonrisa, la voz juvenil le responde, muy claramente, despacio, como si lo conociera desde siempre:
—Por supuesto, señor Morizuka, ¿para qué día?
—Para día julio miércoles el quince de este año.
Ella no lo corrige porque lo ha entendido perfectamente. Toma nota en el libro de reservas. Aún faltan muchos meses, pero no hay problema. Es mejor así.
—Para día julio miércoles 15. ¿A qué hora desea venir?
Eso Morizuka no lo entiende del todo, pero Naoko, que es más lista que todas las mujeres del mundo juntas, lo capta a la primera. Coge el teléfono y dice:
—Perdón, todavía no sabe por favor gracias.
La muchacha lo entiende. Le explica que puede llamar más adelante, a ese mismo número, y concretar la hora.
Ese es el plan de los dos, de hecho.
Antes de colgar, Morizuka lanza la pregunta final.
—Perdón por la intromisión, pero ¿cuál es su nombre, por favor?
Naoko y Tatsumi sienten la sonrisa al otro lado de la línea como una ola gigante que los revuelca a los dos. Ella responde:
—Victoria, señor Morizuka. Yo soy Victoria. Puede preguntar por mí cuando llame la próxima vez, ¿ok? ¿Me comprende?
—Comprendo. Muchas gracias.
—Gracias a ustedes. Nos vemos en julio.
—Sí. En julio. —Y, antes de colgar, Morizuka se la juega en su español de los montes con algo que no tiene apuntado en su libreta, pero sí en su cabeza desde hace meses, años quizá—: Usted se cuida, señorita Victoria. Usted se cuida, por favor.
La Chica, extrañada y divertida a partes iguales, le responde antes de colgar:
—Claro que sí, señor Morizuka. Usted también se cuida, ¿sí?
Asier, Málaga, 1927
Cuando Asier se baja del tren en el apeadero de Málaga, lo primero que hacer es mirar al cielo. Busca reconocerlo, sentir que al fin está cerca de algo, pero no sucede. No hay nada nuevo, ninguna emoción poderosa que lo embargue o un mensaje secreto del universo que lo mueva. Sigue en el mismo estado de suspensión que lo acompaña desde que salió de Cádiz y se despidió de Marcial, una especie de calma chicha, de tensión de bajo alcance, que lo mantiene en semialerta y semidescanso. No sabe ponerlo en palabras. Solo sabe que, cuando necesita espabilarse, se toca el bolsillo de la chaqueta, a la altura del corazón, donde lleva las señas de Minaya. Mientras tanto, hace guardia a las puertas de su propia vida, moviéndose por inercia entre las calles de la capital.
Su madre siempre decía que no sabía estar solo, y en parte tenía razón, pero no porque siempre estuviera rodeado de amigos. Él había elegido, a lo largo de su corta vida, cierta compañía específica, correspondiente a un perfil muy determinado que tenía que cumplir una serie de características muy concretas. Era selectivo a la hora de prodigar su atención y sus amores, pero siempre había alguien a quien acompañaba y que lo acompañaba. Fabián había sido el último. Antes de él, Marcela. Antes de Marcela, Íñigo. Ahora, Minaya ocupaba toda su atención y correspondía, punto por punto, a lo que él ansiaba de un compañero de viaje. Él sabía, su instinto se lo decía, cuando estaba ante la persona adecuada, porque le hablaba con si estuviera conversando consigo mismo, sin tapujos ni mentiras. A él le había contado sus siguientes pasos y él, por supuesto, los había comprendido de inmediato:
—Cuando llegue a Málaga intentaré buscar trabajo en el Pueblo. Dicen que siempre andan buscando gente para labrar la tierra. A mí no me importa, estoy acostumbrado al trabajo duro. Hacía la vendimia en Francia y la puedo hacer también aquí.
—No creas que será tan fácil —había contestado Marcial—: Han sido años malos y el campo no regala como antes.
—Tengo algunos ahorros, lo suficiente como para mantenerme en un plano discreto, sin levantar sospechas.
—¿Y después?
—Después… a esperar que la suerte me sonría un poco. Solo un poco.
Marcial había guardado silencio, con la mirada perdida en el suelo. Se acariciaba la barba y los labios con una mano, un gesto que, Asier lo descubriría con el tiempo, indicaba que estaba midiendo, sopesando, haciendo cálculos con su mente analítica de contable.
—Esto que quieres hacer… es muy peligroso, en realidad. Vas a remover legajos, a hacer preguntas incómodas… Tú mismo despertarás la curiosidad de los vecinos. Vas a tocar la tierra, y eso, creo que tú lo sabes… eso nunca trae nada bueno.
Asier le había pasado entonces las manos por el pelo, siguiendo la onda natural del cabello con los dedos, disfrutando de los reflejos del sol en esos ojos verdes que lo tenían encandilado.
—No me preocupa eso ahora, Minaya.
—¿Y no tienes miedo?
—¿Miedo? Claro que sí, claro que tengo miedo. Hay que tener un poco de miedo siempre. Eso te mantiene alerta. Pero hay que hacer las cosas igualmente, aunque te tiemblen las manos. Apretar los dientes y seguir. Una promesa hecha a la cabecera de un muerto es algo sagrado. Y te lo digo yo que no creo en nada, ni en nadie.
—Pues has creído en mí.
—Cierto.
—Tú ya no eres nadie.
Marcial miró a su alrededor y, cuando estuvo seguro de que ninguna mirada ajena los alcanzaba, lo besó otra vez.
—Me dejarás que te ayude.
—No, no quiero meter a nadie más en esto…
—No es una pregunta. Es una orden. No tienes a nadie más aquí, pero me tienes a mí. Te escribiré, me escribirás y, en cuanto pueda, iré a verte e intentaremos desentrañar el misterio.
—Minaya, no es necesario, de verdad. Lo tengo ya todo más o menos pensado.
—Mira, Asier. Te conozco desde hace menos de dos días y ya sé de ti lo importante: que te mueve una energía cercana a… qué te digo yo, ¿a la locura? ¿La suerte?. Yy que tienes un encanto que es muy difícil de pasar por alto. Solo con esas dos cosas no te va a valer para esto, chacho, qué quieres que te diga. Necesitas un cerebro.
—Y ahí es donde entras tú.
—Y ahí es donde entro yo, exacto.
Se despidieron con un apretón de manos que duró un poco más de lo normal, seguido de un abrazo. Asier aspiró el olor de su cuello por última vez en algún tiempo e intentó guardarlo en esa memoria sensorial que solamente los amantes tienen a su alcance.
—Te escribiré en cuanto llegue —se dijeron casi a la vez.
Los trenes salen, con minutos de diferencia, y la resaca de dos días, que parecieran sacados de una novela de dos pesetas, les pasa factura. Asier duerme la mayor parte del camino, incluso a pesar del ruido y el vaivén de la máquina. Marcial no puede, está demasiado ocupado en volver a una realidad que, ahora mismo, se le antoja grisácea y plana. Toma algunas notas en un cuaderno, pero se marea pronto y decide que la mejor idea es mirar por la ventana. Entre las líneas milimetradas se lee lo siguiente:
«Asier Atxa – nombre falso (¿) Finca La Collalba, Camino del Monte, s/n, El Pueblo, Málaga. Escrituras año 188…? Probable falsificación. Registro local, registro provincial. Cotejo. Robo de la propiedad. Familia desterrada, huye a País Vasco, luego Francia. Padre fallecido (recordarle que debe buscar también papeles de familia, registro de nacimiento, algo). Huele a los saquitos de hierbas que ponen las madres en los cajones, a los que se mezclan con ralladuras de jabón. He de volver a verlo cómo sea».
Victoria – El Pueblo, 2006
—Que te dije que no vinieras. Te lo dije o no.
—Es que habíamos quedado hoy.
—De eso nada.
—Que sí, que le dije que hoy libraba, que iba a venir. Y que le iba a traer —Victoria busca en la mochila que lleva colgada del hombro—, que le iba a traer esto. —Saca una botella de moscatel Tres Leones—. Y también llevo una cuña de queso, y picos de esos de…
—De los que hace la Juana. Ya.
Parra se muerde los labios y se cruza de brazos. Esta situación es muy irregular y no sabe cómo manejarla. De hecho, no es capaz de entender por qué actúa así, qué clase de energía extraña le está llevando a controlarse, a no pegarle dos voces a la niñata esta y seguir con su vida y sus cosas.
—Pero tú pa que has venío, que yo me entere.
—Po no me iba usted a contar bien lo del vino ese, el de las cepas viejas. Dice mi jefe que me ha metido tremenda bola con lo del otro día…
—Me cago en mi estampa, niña, con tu jefe.
—Digo. Eso me ha dicho. Y yo le he contestado que no, que se equivocaba, y que se lo iba a demostrar. Que me iba a enterar bien de todo y que luego se lo iba a explicar. Me he traído un cuaderno y todo. Y las acuarelas.
—Las acuarelas también.
—Sí. A ver si no cómo le voy a enseñar a mi jefe lo bonito que es el viñedo. Tendrá que ver los colores y las formas y todo. Y usted no me iba a dejar sacar fotos, a que no.
No. Claro que no. Evidentemente no.
Parra mira a su alrededor. Respira hondo. Se rasca la barbilla una, dos, tres veces, mientras intenta rehuir la mirada curiosa e inocente que no le quita ojo de encima. Esto no puede estar pasando, no está bien. En cuarenta años, nadie ha traspuesto las puertas de La Collalba. Y, sin embargo, algo en lo más hondo lo empuja a decir las siguientes palabras:
—Solo hoy, ¿eh? No te vayas a acostumbrar, que esto no es un parque infantil.
Victoria sonríe, con esfuerzo, pero sonríe. No está siendo fácil domeñar los gritos y los arañazos que siente en su cabeza, hilar las frases e interpretar este papel. Esta mañana, en el último momento antes de salir de su casa, sintió como las fuerzas la abandonaban y se vio incapaz de conseguir lo que le había prometido a Remedios. Se hundía en la cama, ahogada por una manta invisible, mojada de miedo. En el postrer esfuerzo por agarrar el cabo de cordura que se le escapaba, abrió el cajón de su mesita de noche, donde guardaba algunas cosas especiales: la edición de bolsillo de Alfaguara de «La Historia Interminable», una libreta de Hello Kitty, una pulsera de hilo rota, algunos dados de rol, lápices de colores, una barra de labios de su madre, las pinturas de acuarelas de su padre. Al posar la vista en esto último, supo que, esta vez, ese iba a ser el lastre. El objeto que la reconectaría con la realidad. Lo cogió con manos temblorosas y se lo metió debajo de la camiseta, pegado al ombligo. El frío del metal cortocircuitó las voces y así pudo levantarse, vestirse, caminar. Vivir.
Mientras sigue a Parra por el camino, anota mentalmente todo lo que ve, para luego contárselo a Remedios. El camino de acceso es estrecho, algo pedregoso, y se nota que solo está transitado por los pies de su dueño, aunque Victoria distingue también la huella de un vehículo grande. La jara, el lentisco y el romero llenan el aire de un aroma verde y resinoso, que a la chica le recuerda a algunos blancos secos de los que vende en el trabajo. La finca se abre en un claro de tierra rojiza y mineral: ella lo sabe, lo ha oído, que esta es buena tierra para el cultivo cuando se trabaja con paciencia. A los pocos minutos aparece la casa principal, dos pisos en cal y piedra, con esa grandeza deslucida que aún ostentan muchas construcciones andaluzas, levantada con devoción y conservada con tozudez y dignidad. Una puerta principal, de madera oscura y claveteada, marca el centro, y a su alrededor, ventanas con macetas de geranios, albahaca, varios jazmines, suculentas y cactus. Cuando Victoria nota que le empiezan a flaquear las piernas y a descolgársele la mandíbula, se clava las uñas en las palmas de las manos y se cruza de brazos, pegándose un poco más la caja de acuarelas a la barriga.
Esto no te va a salir gratis, le dicen. Ella traga, traga y camina, los ojos fijos en la camisa de cuadros azules de Parra, que se recorta en el camino como un troquelado sobre el fondo blanco de la casa. Un olor que no ha olido nunca, pero que reconoce en seguida, la devuelve al ahora. Arcilla, pizarra, humedad. Allí está el viñedo, puede sentirlo. Se queda quieta un segundo, atenta a un sonido que…
—Tú. Venga. Que no tengo todo el día.
—Me ha parecido escuchar una voz…
Parra entorna los ojos. Mueve la cabeza y le hace un gesto con la mano.
—Aquí nunca viene nadie. Solo tú, que estás como una cabra, por lo visto.
Las hileras están plantadas en una pendiente ligera, orientadas para saludar por la mañana al sol y protegerse entre ellas durante las peores horas del día, pero sin competir en espacio. Entre las vides, algunas amapolas han decidido desperezarse.
—Parecen besos. Ahí, en el suelo. Tirados.
—Lo que me faltaba, encima mística.
Victoria suelta una carcajada.
—Es el teatro.
—¿También estás con el loco ese, con Manolo? No sé por qué no me extraña. —Parra saca unas llaves que lleva atadas con una cadena al cinturón, y abre la verja que da paso a la casa grande. Con sorna, hace una reverencia y dice—: Pase usted, señorita. Es usted bienvenida.
Lo que ocurre a continuación, Victoria lo recordará difuso durante muchos días, porque los olores, los aromas primarios y secundarios de este vino que va a beber sin querer, la adormecerán en una suerte de borrachera de la que solo tendrá imágenes sueltas, mezcladas con su acaecer diario, con su guion habitual. Tiene que enfocar mucho, cerrar los ojos con mucha fuerza, para poder apuntar en la hoja de comandas, poco a poco, a lo largo de toda la jornada en la Casa de la Luz, la siguiente cronología, que termina ya casi de noche, cuando Quique y ella van a cerrar. Con una letra que no parece ni suya escribe:
Primero:
Los Alrededores. La Casa. El Viejo Piano. Los Libros. El Viñedo Real. Parra y las Rosas. Algo que no escucho bien con tanto ruido. Se me cae la acuarela. No está bajo el suelo.
Y luego:
El Viñedo Ficticio. El Otro Piano. El Hombre de las Fotos. Hay una música y una caja, pero no una caja de música. Parra me pregunta si estoy bien. Yo digo Sí.
Y al final:
Cuando volvemos del paseo ESCENA PERDIDA y después Parra me grita y me dice que no vuelva más, que no soy bienvenida y que yo también llevo la Ruina cormigo.
Mira el papel e intenta asomarse detrás de las cortinas de ese telón, el que dice ESCENA PERDIDA, pero no es capaz de tocarlo con las malos, con las manos, no es capaz porque el telón la envuelve, se le cae encima, la aplasta con todo el peso del terciopelo.
Quique consigue agarrarla por el jersey rosa antes de que se golpee la cara contra el silestone de la barra.
Cuando se despierta, lo primero que ve es la cara del Novio, que sonríe y le dice que no se preocupe, que todo va a ir bien.
Naoko y Morizuka, 195…
Naoko va hablando casi todo el camino, mientras aparta yerbajos del camino con una rama larga que se ha encontrado. El niño la sigue dos pasos por detrás, cabizbajo y pensativo. Escucha retazos del monólogo de ella y de vez en cuando asiente o dice alguna cosa.
—Tú no eres de hablar mucho, ¿no?
Él no contesta. Piensa que sí, que antes le gustaba mucho conversar, pero que ahora ha olvidado cómo se hace. No sabe manejar el cuerpo este que tiene ahora, se siente extraño en esta piel y teme usar mal su nueva voz. Y la necesita para sobrevivir, eso lo ha aprendido bien. Así que, ante la duda, decide callar.
—Bueno, no pasa nada. Ya hablarás, si acaso. Y, si no, siempre me puedes escuchar a mí, que se me ocurren un montón de cosas.
Es verdad. Naoko lo informa de la familia con la que va a vivir, del trabajo que va a desempeñar (pescar, vender en la lonja, cuidar del pequeño terreno que hay junto a la casa); le cuenta que una vez pescaron un atún gigante, de más de tres metros de largo.
—Y pesaba como un camión, o más. Yo fui a ver cómo lo troceaban para venderlo. El sonido del cuchillo sobre las espinas era como una música, así, mira, pero más fuerte. —Pasa la rama por algunas piedras del borde del camino—. Mira, hazlo tú. ¿No quieres? Bueno, da igual. Oye, ¿a ti te gustan las mandarinas? Las mandarinas son mi fruta favorita.
A Tatsumi no le gustan las mandarinas, pero a Goro le encantaban.
—Sí. No. No sé. Creo que sí. Cuando están dulces.
—Pues a mí, al contrario, me gustan cuando están muy ácidas, que se te pone así la boca. Mírame. —Naoko aprieta los labios y los ojos, frunciendo toda la cara. Tatsumi no puede evitar reírse—. ¡Hombre, por fin! ¡Si sabe reírse y todo!
Morizuka se detiene y entonces se le viene el mundo encima. Se acuclilla en el suelo, intentando respirar, pero el pecho se le inunda con la pena. Rompe a llorar en silencio. Tiene ganas de hacerse un ovillo y fundirse allí mismo con la tierra del camino, convertirse en un montículo más y así no tener que pensar. La piel le tira de las costuras y el cerebro es demasiado grande para esta cabeza tan pequeñita.
—Oye. Oye, no te preocupes. —Naoko le limpia la nariz con un pañuelito de tela que saca de un bolsillo—. Que te voy a ayudar, ¿vale?
—No… no me puedes… ayudar —consigue articular el niño.
—A ver, y eso por qué.
Morizuka intenta encontrar las palabras. Escoge algunas para intentar explicarse.
—Porque siempre estoy solo, al final. Eso no se puede arreglar.
Naoko lo mira, valorando la situación. Recorre con los ojos las cicatrices que tiene en la cabeza, rapada, las de los codos, el moratón que le asoma en el muslo derecho. La sombra del bigotillo incipiente que aún tardará unos años más en salir y ser afeitado. Decide que le cae bien, de manera genuina, así que le dice, por primera vez, una de las que serán sus frases estrella:
—Pero qué tontísimo eres, Tatsumi Morizuka.
El crío deja de llorar y la mira, entre la sorpresa y la indignación. Ella continua:
—¿Pero no estoy contigo, aquí, ahora? ¡Pues deja de pensar en tonterías! —Y rubrica sus palabras con una colleja suave que parece reiniciar a Morizuka, lavarle las ideas un poco e infundirle algunas fuerzas. Naoko aprovecha y sigue—. Mira. No tiene que ser ni hoy, ni mañana. Pero en algún momento tienes que empezar a hablar y contarme qué te pasa, para que así yo pueda idear un plan para ayudarte, ¿vale? Por ahora, basta con que sepas que somos un equipo, como en los libros de detectives o en las novelas de aventuras. Tú sabes leer, ¿no?
—No muy bien…
—Bueno, pues eso también te lo voy a enseñar. En los libros, el protagonista al principio siempre tiene un problema gordísimo que no sabe cómo solucionar, pero por el camino se va encontrando gente que lo ayuda. Eso lo sabes, ¿no? Sale también en las películas.
—En las películas… también hay personas malas. Muy malas.
—Ya. Eso es verdad. —Naoko se pone en pie y lo ayuda a levantarse. Le sacude la tierra de las rodillas y de la ropa, tomándose unas confianzas impropias de una niña, y menos de su edad—. Pero ¿sabes qué? Para eso están los amigos. En las historias. Para vencer a los malvados.
Morizuka se convierten en un cubo de hielo de repente.
—Yo no tengo amigos —afirma, tajante.
Naoko sonríe, le da la espalda, recoge la rama que había dejado en el suelo y prosigue su camino.
—Mentira, que me tienes a mí ahora.
—Y si no quiero —murmura, medio enfadado, las cejas fruncidas en una mueca infantil.
—Y, si no quieres, te aguantas. Porque ya lo he decidido, que voy a ser tu amiga, te guste o no, que es lo que te hace falta.
Morizuka no va a olvidar nunca ese día y se lo recordará muchas veces a lo largo de los años. Naoko, quitándole importancia, recordará otros momentos:
—Tardaste aún veinte años en contarme la historia completa.
—Mujer, es que…
—Ni es que, ni nada. Veinte años son muchos años, Tatsumi.
Él suspiraba.
—Ten en cuenta que, para mí, había sido muy duro perderlo todo. Mi familia, primero. Mi casa. Mi mejor amigo, después… Todo eso… mejor enterrado y olvidado.
—Pero si no lo pudiste olvidar. Si aún te reconcome. A veces te escucho levantarte por la noche y… no me regañes, no es mi intención espiarte… pero te escucho llorar en el taller.
Él jamás le reñiría. Cómo hacerlo. Además, tiene razón. Ojalá llegue un momento en el que pueda contarle el último capítulo de la historia, ese que aún guarda para sí y que, a pesar de los años, no ha podido decir en voz alta.
—Hay personas a las que solo podemos ver en sueños, a veces. Y, a veces, cuando eso pasa, vienen acompañadas de lágrimas.
—Esas lágrimas ocultan algo más, Tatsumi. Los dos lo sabemos.
Él no puede mentirle más, pero sí puede pedirle más tiempo:
—Siempre has sido la más lista de todas las criaturas.
Ella suspira, baja la mirada. Él le sujeta la barbilla y la hace mirar arriba, con delicadeza:
—¿Me esperarás un poco más, niña de las mil palabras?
—¿Cuánto tiempo es eso?
—Te lo contaré dentro de poco. Cuando encuentre el momento ideal. Quizá… sí. Ya sé. Mientras compartimos un vino en la Casa de la Luz. ¿Te parece un lugar adecuado?
Ella le aprieta la mano, le da un beso en el dorso y la aprieta contra su mejilla.
—Me parece el lugar y el tiempo indicados.
Salva. Salvador - La Isla de Salvador, 2006
Ella lleva sin contestar a sus mensajes la tarde de ayer y todo el día de hoy. No sabe qué hacer. Ha buscado el teléfono del sitio donde trabaja, pero hay 14 bares de vinos distintos en el puñetero Pueblo y no consigue recordar el nombre exacto del sitio. De hecho, no sabe siquiera si se lo ha dicho. Llama a cinco, seis lugares, no tiene suerte, se desespera. Baja a comprar un paquete de cigarrillos, sube de nuevo a su casa. No ha apagado el ordenador, pero no hay rastro.
Valora las posibilidades. Se le ocurren dos y empieza por la primera. Se ha dormido muy temprano, casi obligado, con varias copas encima para acelerar el proceso. No consigue llegar a ninguna parte, envuelto como está en una especie de sudario blanco y elástico que no lo deja moverse y que cada vez le aprieta más y más en las muñecas y el pecho. Despierta con un grito ahogado, desorientado, buscando. Tarda algunos minutos en reconocer su propio cuerpo y su habitación.
Tiene que pensar rápido. Ya no es una percepción, es una certeza. Coge el móvil y busca la ese de Souleiman:
—Quillo, qué. ¿Estás trabajando? ¿No? ¿Estás en tu casa? Bien. ¿Tú tienes planes para mañana? Vale. Vale. Sí. Es que… A ver, ¿tú me quieres acompañar a una aventura? En tu coche, sí. En Málaga. Sí, sí, en un pueblo, creo. No lo sé bien. Te lo cuento por el camino bien, ¿vale? Sí. Es una aventura, sí. Legal todo, Soule, claro, cojone. ¿Peligroso? No sé. A lo mejor. Vamos a rescatar a una princesa, como en los cuentos. ¿Por qué? Pues tú por qué crees, carajo. Pues por amor, amigo. Estas cosas siempre se hacen por amor.