La casa de la luz 07
© Virginia Fernández, 2026
NOTA DEL EDITOR: Esto que tienes entre tus manos es «La casa de la luz», una novela por entregas de Virginia Fernández. Es un folletín, de aquellos de antaño, pero traído al mundo moderno. Entre estas páginas encontrarás romance, aventuras, traiciones, fantasmas, amistades eternas, odios cervales y mucha, mucha memoria, que es el último reducto que nos queda para combatir estos tiempos interesantes que nos ha tocado vivir.
Disfruta de las subsiguientes entregas de esta historia, solo en Caronte. Ábrete paso al otro lado.
Marcial y Asier – Cádiz, 1927
—Buenos días. Me llamo Marcial Minaya, vengo de «Múgica y Minaya, Albaceteña de Abogados». Traigo los papeles de La Veleidosa.
—Madre mía. Don Damián. ¡Don Damián! ¡Que han llegao los papeles, Don Damián! —El chicuco que está tras el mostrador de la oficina de Primitivo Balparda, sita en la calle de San Rafael, número 34, se deja la pantorrilla en el quicio de la puerta al intentar atravesarla a una velocidad mayor de la que su agilidad le permite. Marcial y Asier, que esperan a una distancia intermedia entre la entrada y el escritorio, escuchan jaleo de sillas, suspiros y ayes diversos antes de que el tal Damián asome la rubicunda faz y les dé los buenos días. Es un hombre alto, fornido, de unos 40 años, de rostro redondo, claro, y ojos perspicaces tras unas gafas redondas de montura fina. Se ajusta el corbatín, los puños de la camisa y el chaleco sobre el pantalón y, de manera sobria, un tanto afectada, agrega al saludo un:
—Disculpe, pero no he alcanzado a oír su nombre. ¿Con quién tengo el honor de hablar?
—Hombre, tanto como honor… —Marcial se sonríe, azorado—. Minaya. Marcial Minaya. Vengo a traer…
—Los papeles para la botadura de La Veleidosa, sí. Eso sí lo he oído. —Suspira—. A ver si botamos ya el puñetero barquito de los coj…
—Don Damián —le susurra el chicuco—, que ha hecho usted promesa de no maldecir en público.
—Cierto, Paquito, cierto. Ustedes me disculparán, señores, pero imaginarán los tres días que hemos pasado sin saber si iban a llegar a tiempo o si íbamos a tener que escondernos en las catacumbas de la catedral para que los Díaz Platea no nos encontraran. Por eso le decía que es un honor, Don Marcial. —Extiende una mano blanca y fuerte, de dedos finos, y aprieta la de su interlocutor a la vez que le sujeta el antebrazo con la otra—. No sé cómo lo ha hecho, pero gracias a Dios que lo ha hecho.
—Dios ha tenido poco que ver en esto.
—Como en cualquier cosa —murmura Damián sin soltar la mano de Minaya. Redirige su mirada al otro hombre y comenta—: Su ayudante, entiendo.
—Oh, no, no soy tan importante. Un amigo. Asier Atxa —dice Marcial. Asier saluda con la cabeza y le presenta la diestra, que Damián estrecha con ganas—. Me ha acompañado desde la estación. La verdad es que, si no llega a ser por él, no habría sido capaz de encontrar la oficina —agrega, mientras le entrega la carpeta verde de piel que lleva bajo el brazo.
—Cádiz es una ciudad hermosa, ciertamente, pero también es un laberinto la primera vez que uno la visita. —Damián la abre y observa la documentación por encima—. Si les parece, compruebo que está todo en regla en unos minutos y vamos directamente a entregar los papeles a Don Primitivo, que está en el puerto. Y luego a la botadura y a celebrar.
—Usted no es de aquí, ¿verdad, Damián? —pregunta Asier.
—Yo iba a hacerle la misma pregunta. Su acento me resulta muy peculiar. —La mirada es, a la vez, curiosa y retadora, como si intentara leer a través de una máscara invisible—. ¿Vasco? ¿Francés?
—Vaya, ha dado usted en el clavo.
—Tengo buen oído. Llevo viviendo aquí 16 años, pero mi familia es de Barcelona, y conservo el acento como quien guarda una insignia o una medalla importante. Me gusta recordar de dónde procedo. —Entra en el despacho otra vez y sale a los pocos segundos con un maletín negro—. Su familia será de la que emigró hace unos años. En alguna de las crisis. En el norte lo tuvieron más fácil.
—Algo así, sí. —Asier mira por la ventana. La estrecha calle empedrada está bordeada por casas blancas con balcones de hierro forjado, con esa arquitectura típica andaluza que mezcla las fachadas encaladas con algunos detalles ornamentales, azulejos con números, plantas, cruces… Lleva tres días sorprendido, maravillado con la diferencia brutal entre su país de procedencia y su tierra de origen—. Es todo tan distinto del norte.
—¿Cuánto tiempo me dijiste que habías estado viviendo en Francia? —interviene Marcial.
—Diez años.
—¡Qué barbaridad! —Damián coge una chaqueta gris del perchero que está junto a la puerta y les hace una seña para que salgan—. ¿Ha vuelto por motivos de trabajo?
—Algo así, sí.
—Ya me contará entonces. ¡Paquito! —El chicuco sale del despacho—. Estate pendiente de la puerta y, si viene alguien, le tomas nota. Si es muy urgente, lo mandas al puerto, pero si viene a más de las doce o doce y media, directamente a donde La Guapa del Vicario.
—Don Damián, a mí me da vergüenza mandar a la gente a… a ese sitio.
—Paquito, ese es el sitio más decente que hay en toda esta ciudad, así que remilgos los justos. —Damián abre la puerta y hace un gesto para que lo acompañen—. Y ponen los mejores chicharrones fritos del mundo. Eso sí que debe ser pecado.
Marcial y Asier se miran, y este último enarca las cejas, divertido. Tienen aún doce horas antes de que coja el nocturno en dirección Málaga. Minaya hará noche en la Tacita. La ciudad bulle de actividad y de luz, prometiendo una jornada turística, si no completa, al menos interesante. Ninguno de los dos ha visto la botadura de un barco, y menos en estas circunstancias. Marcial ni siquiera ha visto el mar. Con los años, ambos recordarán ese día en la intimidad, entre risas, y lo señalarán en un calendario compartido como el momento en el que sus destinos se anudaron de manera irremediable. «Parece un chiste», dirá Minaya todas las veces: «un catalán, un vasco y un albaceteño entran en un bar». Y todas las veces, Asier responderá: «y no sale ninguno de los tres».
Toji y Shota – El piso, 2006
Toji respira hondo, se pasa las manos por la cara y se masajea los ojos un momento para después peinarse el cabello con los dedos y rascarse la cabeza. Mira a Shota unos segundos más, consciente de la chapa que le va a dar. No sabe cómo va a reaccionar y eso le pone nervioso. Llevan 7 años juntos, lo conoce mejor que a sí mismo: sabe su talla de camisa y pantalón (una 2XL y una 52), que ronca cuando duerme del lado derecho, pero no del izquierdo (solo respira fuerte), que lo único que le va bien cuando le da un brote de soriasis en los codos o en los pies es la crema de urea que hace el señor Katô en la farmacia del otro lado de la ciudad (hay que coger dos metros diferentes y luego caminar 10 minutos, pero a Toji no le importa). Sabe, porque lo ha visto, que tiene un carácter sereno y reflexivo, que es muy difícil enfadarlo y que no suele perder la calma. Le gusta la tranquilidad, lo cotidiano, es un tipo hogareño, una persona que disfruta de sus libros, su cocina, su sofá. Sabe que Shota lo quiere más que a nadie en el mundo, se lo ha demostrado en muchas ocasiones, con palabras y con hechos; es su amigo y el amor de su vida, el único que de verdad mira por él, que lo cuida y protege y apoya sus sueños y le regaña y se enfada cuando ve que se pone en peligro o que está a punto de hacer una de sus tonterías. Esto últimamente no ocurre tanto como antes, por cierto. Está bastante más centrado, con el trabajo en la oficina.
Así que Toji no sabe cómo va a responder cuando lleva doce horas pensando en coger un avión con destino a España.
—Tú sabes que mi abuelo estaba obsesionado con el tema, ¿verdad? Cuántas veces nos habrá contado lo de Gregorio, o lo de la primera postal, o nos habrá puesto las cintas esas viejas de flamenco hasta que nos sangraban las orejas.
Shota asiente, los brazos cruzados, el semblante muy serio. En su expresión, un enorme «a ver por dónde va a salir esto» dibujado en un bocadillo de texto que le sale de la sien.
—Deja que te enseñe primero algunas fotos, a ver qué percibes tú en ellas. — Se pone de rodillas otra vez en el suelo y recoge seis, siete instantáneas, que le acerca. Shota respira hondo, coge las gafas de leer que tiene en la mesita supletoria junto al sofá y observa con atención. Las pasa despacio, buscando similitudes y diferencias, ya que comprueba que son todas del mismo paisaje.
—A simple vista, lo que veo es que es la misma calle, en diferentes épocas y estaciones del año. Las han tomado diferentes personas, ¿no es así? A este señor lo conozco, ha venido varias veces a la tienda con su familia. —Señala a un hombre sonriente con sombrero de ala corta, camisa de cuadros y mochila negra que hace el símbolo de la victoria junto a una iglesia—. Pero a estas otras dos mujeres, no. Además, aquí parece invierno, está el día nublado.
—Sigue mirando. ¿Encuentras alguna coincidencia?
—Sí, te lo iba a decir ahora. Esta chica, la de la coleta larga. Aparece en todas las fotos. Lleva uniforme, debe de ser camarera. En… esta foto —se la muestra— sale con un compañero con el mismo polo. O él es altísimo o ella es muy bajita, porque menuda diferencia.
—Sigue, sigue mirando.
—Pareces un boleto de lotería, «sigue intentando, lo siento, más suerte la próxima vez». —Se exaspera un poco—. ¿Por qué no me dices qué tengo que ver exactamente y ahorramos un poco de tiempo?
—Creo que es mejor que lo encuentres tú mis…
—Espera. —Shota se ajusta las gafas en el puente de la nariz. Pasa una foto, dos, tres, todas. Vuelve a la primera. Las compara poniéndolas sobre el sofá, como ordenándolas—. Este tío… ¿Este tío quién es?
—Eso es justo de lo que quería hablarte
—¿Y por qué demonios está flotando en el aire?
El Señor Morizuka – Kanazawa 2003
Tatsumi Morizuka tiene clarísimo que el hombre de la fotografía es un fantasma. Se lo dice su barriga y eso ya debería ser suficiente, porque es la única voz que nunca le ha fallado: esa sensación en la boca del estómago, como de calor y fatiga, que le anuncia las cosas importantes de verdad. Ya solo con eso habría bastado para seguir adelante, pero, por si acaso, ha revelado hasta dos y tres veces los negativos que le han ido llegando en estos últimos años. No hay trampa ni cartón, no hay manipulación de ningún tipo, y, sobre todo, no se trata de una persona normal del pueblo. Esta figura se transparenta, no parece tocar el suelo, es como si caminara sobre una pasarela de cristal a unos veinte centímetros del pavimento de la calle. No, definitivamente no es un cartel, ni una figura de cartón. Sería imposible sujetarla a ninguna de las paredes que tiene cerca y no tiene peana. Santo dios, es un fantasma, es verdaderamente el alma de un muerto.
Suelta una carcajada al pensar cuántas veces ha tenido su rostro frente a frente sin reparar en él.
Pero se ha fijado en la foto no por la cara del hombre taciturno de camisa blanca y pantalón negro, no. Ha reparado en la foto porque ha visto a la muchacha del jersey rosa.
Y por primera vez se ha parado a pensar en ella.
—Mira, Naoko, se parece a Mako cuando era pequeña.
Su esposa acaba de llegar de la floristería, deja su sombrero y sus guantes en el mostrador y pasa con cuidado, agachándose, por debajo de la pequeña barra abatible. Le aprieta a su marido el brazo izquierdo, le da un beso en la mejilla y mira la foto entornando los ojos.
—Bueno, tanto como parecerse… Esta niña es más fea. Y muy seria. Mako estaba todo el día riéndose.
—Mujer, cómo eres. Digo los rasgos generales, el pelo con la rayita al lado, la fisonomía…
Y entonces Naoko, sin saberlo, vuelve los ojos hacia el mural de la tienda y suelta la primera de las dos frases que cambiarán la historia de la familia Morizuka para siempre:
—En esta de aquí sale mucho mejor. —Quita la chincheta que sujeta la foto y se la acerca a su anciano esposo—. La hicieron los Fukuda el verano pasado.
Morizuka coge las dos fotos y las compara: es cierto que, en la segunda, la muchacha aparece riéndose, contenta, con la cabeza un poco echada para atrás, sentada en un banco alto en la puerta de un bar. Hay una chica de pelo corto y rizado, con vaqueros rotos y camiseta negra que debe de estar contándole algo divertidísimo, porque la foto la ha captado haciendo como muchos aspavientos. Lleva una mochila azul y roja con un corazón con las letras «CH». Los Fukuda al completo parecen totalmente ajenos al chiste, posando muy serios en primer plano («las sonrisas producen muchas arrugas», dice la señora Fukuda siempre), madre, padre, las dos hermanas solteras de ella. Hay más gente subiendo la cuesta de la calle San Sebastián. Morizuka se imagina ocupando el lugar del señor Fukuda, con Naoko, y puede que Toji (si es que para entonces sigue en paro). No sabe qué lugar es, mira el reverso de la foto y la fecha «Familia Fukuda, Segundo viaje a España. Pueblo, Málaga, 2003. No la pierdas».
—«No la pierdas», me dijo la hermana menor de ella cuando me la trajo. Como si yo fuera por ahí perdiendo cosas importantes —le dice a Naoko.
La señora Morizuka solo tiene dos parlamentos cortos en esta escena, pero son tremendamente relevantes dentro del fluir de la historia que estamos contando, ya que, sin ellos, es probable que el señor Morizuka hubiera seguido en la inopia con respecto a la existencia de fantasmas acechantes en pueblecitos de montaña andaluces.
—Bueno, mira, si la pierdes no pasa nada, porque de esta calle en concreto tenemos varias y son todas casi idénticas. Y los Fukuda tienen las caras más anodinas del mundo.
Tatsumi coge la chincheta para devolver la instantánea número dos a la pared. Le queda justo a la altura de los ojos, entre una postal del Museo del Prado y otra de la Mezquita de Córdoba.
—Buenas noches —le dice con el pensamiento a la chica de la foto—. Te dejo en buena compañía con el chiste de tu amiga, y con el señor Fukuda, que es un tipo serio, pero de buena conversación. Y con el señor este de aquí detrás, el de la camisa blanca que parece que te está mirando.
Que te está llamando.
Te está mirando.
Como en esta otra foto.
Pasa un tiempo indeterminado en el que la cabeza del señor Morizuka avanza a distintas velocidades. Es un motor revolucionado, intentando cambiar de marchas, que no responde bien el embrague, como si se atascara. Naoko ha subido al piso de arriba, la oye trastear en la cocina, preparando la cena.
Morizuka da un paso atrás y observa el mural de nuevo, buscando. No tarda demasiado en encontrar otra instantánea de la calle San Sebastián: está en una de las esquinas superiores, a mano izquierda. Es de las últimas que han llegado, por eso está tan alta, casi no queda sitio abajo y no le gusta colocarlas donde la gente no pueda verlas. Se sube en la pequeña escalerita de madera, que hizo él mismo hace más de tres décadas, y retira la chincheta que sujeta la imagen. El corazón le da un vuelco.
—No puede ser —alcanza a decir, mientras se cae de espaldas sobre el mostrador.
La Chica – El taller de teatro, 2006
—Lo que no puede ser es que a estas alturas del mes y con el estreno ya ahí no os sepáis el puto texto. Es que clama al cielo, de verdad. —Se hace el silencio y solo se escucha el ventilador de pie, que tiene más años que la rarra—. Y os voy a decir una cosa.
—Os voy a decir una cosa —susurra Bernardo en la oreja de la Chica—. Que yo para llevar una mierda no llevo nada, eh.
—Yo para llevar una mierda al festival no llevo nada —continúa Manolo, cada vez más enfadado.
—Llamo a Paco Fiestas y le digo que cancelamos. —Bernardo se tapa la boca con la mano.
—Que ahora mismito llamo a Paco Fiestas y le digo que cancelamos.
—Que sería la primera vez en veinte años. Pero uno tiene su honor y su dignidad.
—Primera vez en veinte años que pasaría algo así. Pero uno tiene su honor y su dignidad. Y ya lo vuestro… lo vuestro pasa de castaño oscuro.
—Reíros, que un día lo va a hacer —dice Martita, desde la otra habitación, con medio cuerpo metido en un baúl gigante lleno de zapatos desparejados—. Un día se va a cagar la perra y no vamos a salir en el estreno, con todos los trajes ya listos y todos los novatos ilusionados.
—Si todos los años es igual, Marti. Suelta la bomba en junio porque se agobia, y con razón, y en julio estamos dándonos la manita todos juntos y deseando mucha mierda antes de salir —dice la Eli.
—Yo digo lo que digo. Toma, mira a ver si este te va bien, Cenicienta. —Le tira un zapato de tacón blanco que huele a polvo y humedad.
Eli lo mira, arruga la nariz y pega la barbilla al pecho:
—Tú me has visto a mí cara de enana o qué, que esto es un 35.
—Po por el culo te la hin.
— Esto le queda bien a la Hero, en to caso. Hero, ven,
—No puede, que sale ya en la siguiente essena y se tiene que poné guapa pal Conde Claudio —replica Bernardo, que le está haciendo una trenza a la Chica y añade en voz baja—: se tiene que lavá el toto y todo.
—Qué fina ere. Más fina que el pellejo una mierda.
—A ver, ¿nos callamos por ahí detrás o qué pasa? ¿Estamos en un colegio de primaria o qué? ¡Porque si no, no me lo explico!
—Perdón.
—Venga, desde el principio. Acto segundo, escena primera. Entran Leonato, Antonio, Hero y Beatriz.
Los cuatro se preparan en sus respectivas salidas, que no son tales: Paco-Leonato y Josele-Antonio, a la derecha, y LaChica-Hero y Pilar-Beatriz a la izquierda. El local es pequeño, poco más que un solar que en principio iba a ser el piso piloto de un bloque de tres plantas y que se cedió como dependencia municipal. Tiene dos puertas de entrada, pero una de ellas siempre está cerrada, porque da a una habitación que nunca se utiliza (el ayuntamiento iba a usarla para no sé qué y ahí está, cogiendo moho).
—Dale, Paco.
PACO LEONATO: ¿No ha estado aquí el Conde Juan para la cena?
JOSELE ANTONIO: No le he visto.
PILAR BEATRIZ (con dificultad, trabándose): ¡Qué cara de acrimonia tiene ese caballero! Nunca he podido verle sin experimentar agruras en el estómago por espacio de una hora.
(Se hace el silencio en el taller. Un suspiro se sujeta, breve, en el aire contenido).
LACHICA-HERO: Manolo, los del pueblo nos van a tirar por la muralla como digamos eso. No me he enterado ni yo, que se supone que lo escucho cuatro días en semana. ¿Qué carajo es una acrimonia? ¿Y lo de las agruras? (Se escuchan voces de acuerdo en el resto del elenco) ¿No sería mejor cambiarlo?
PACO LEONATO: Y no soy yo de quejarme mucho, pero tiene partes un poco racistas, eh.
PILAR BEATRIZ: Y yo tengo mucho texto.
(Entra BERNANDO BORACCHIO: lleva una máscara del Dios Baco, el torso desnudo y unas medias color marrón claro; danza alrededor de ELI).
BERNARDO BORACCHIO (con sorna): Y a mí no me da tiempo a emborracharme de verdad y seducir a la Eli.
MANOLO (furioso): No me puedo creer que a estas alturas me vengáis con esto, de verdad que no (golpea una columna con una vara de avellano que lleva bajo el brazo). Se acabó por hoy. Se acabó. Todo el mundo a casa. A tomar viento.
(MANOLO sale de escena y se dirige a la puerta del taller, apaga las luces dando un golpe con la palma abierta al interruptor. Se escuchan algunos grititos dentro, cuchicheos y varios «mierda»).
MANOLO: Venga, cada mochuelo a su olivo.
LACHICA-HERO: Pero Manolo…
MANOLO: Ni pero Manolo, ni pero Manola.
MARISOL: Al final, pagamos justos por pecadores.
MARTA: Ya salió la madre superiora.
BERNARDO BORACHIO (canta): Quiero ser saaaanta, quiero ser beaaata.
MARISOL: Me da igual lo que me digáis, siempre la liais los mismos y pagamos los demás (en semi oscuridad, recogiendo su bolso y una voluminosa carpeta).
BERNARDO BORACHIO: Esta es como esas compañeras del instituto que siempre estaban charlando, pero, cuando el profesor reñía, siempre saltaban con un «yoooo, no no, maestro, si es fulanita que no para».
LACHICA-HERO: Venga, no eches más leña al fuego. (Camina hacia la puerta) Lo siento, Manolo. El próximo día lo haremos mejor.
MANOLO (lacónico): Si lo hay.
BERNARDO (a la Chica): Te acompaño a tu casa.
(BERNARDO sigue vestido solo con unas mallas marrones. Deja la máscara en un cajón grande que hay en la entrada y sale. La noche está hermosa, sopla una brisa suave que le seca el sudor del rostro y las manos).
LACHICA: te iba a preguntar si te vas a ir así, pero es evidente que te vas a ir así (sale).
—Hace mucha calor. Esta noche no he pegado ojo; además, todo me estorba, todo me molesta. —Se pone el casco de la moto.
—¿Vamos al Balamba? Nos tomamos un bocata. Invito yo.
—Uh, algo te pasa. Aparte de lo evidente, claro. —Abre el asiento de la Jog R. Dentro hay un paquete de dos kilos de comida para gatos—. Mierda, que saqué el casco chico pa meter el pienso de la Petra. Como nos pille tu madre, me va a arrancar los pocos pelos que me quedan.
—A ti y a mí.
—Te va a oler el pelo a gasolina, con lo que te gusta.
—Hoy me da igual. —Se abraza a su escuálido torso. La moto arranca, hace muchísimo ruido, porque tiene ya bastantes años. No hay nadie más por esas calles, es una barriada periférica y la gente está o en el centro o en sus casas. Conforme se acercan al barrio de la Chica, ella se va abrazando más y más y hunde la cabeza en el hueco del cuello de Bernardo por si, de casualidad, coincide que su padre está bajando la basura o algo parecido. No quiere tener que responder ni una sola pregunta, ni a dónde ibais, ni no había teatro hoy, ni por qué no llevabas casco ni nada. Son conversaciones que no conducen a ninguna parte. Se sube el cuello de la chaqueta y se hace muy pequeña, muy pequeña, del tamaño de una mochila, eso es, se trasforma en una mochila que no llama la atención, no es de ningún color especial, totalmente anodina, no contiene nada valioso, nadie le echaría el ojo en el tren o en la silla de un bar. Pasa convertida en objeto todo el camino, no hablan, pero los silencios no son incómodos entre ellos: comparten un espacio muy raro entre los dos, un lugar al que ninguno recuerda bien cómo ha llegado, como si simplemente un día se hubieran despertado siendo amigos, aunque no siempre había sido así. De hecho, la primera vez que se vieron, pensaron lo mismo el uno del otro:
—Vaya puto gilipollas.
—Vaya puta gilipollas.
Pero duró poco. Fue como si los polos del imán que los repelía se hubieran desmagnetizado y, en horas, sin más explicaciones, estaban juntos, haciendo cosas, rebuscando entre los disfraces del teatro, probándose pelucas, diciéndose piojoso, mentecata, maricona, qué te crees yendo al colegio ese de pijos, cateto, te araño parriba pa que se te infecte, pa loca tú calva, te quiero mucho, me oyes, que no te roce ni el aire que como te toquen un pelo le prendo fuego ar que sea y lo entierro en el estiércol, te quiero mucho, mi amiga. No sé por qué, pero es así.
El Balamba tiene varias mesas libres y se sientan en la que está junto al toldo verde con rayas blancas. Hace levante y la tela se bambolea bruscamente, se infla por abajo como un globo y los anclajes suenan como si se fueran a despegar del suelo. Bernardo ha aparcado junto a la puerta. Saca una camiseta de tirantes y se la pone.
—Vamos a salir volando —dice una señora mayor. Está sentada con el que parece su marido, mirando la tele que cuelga junto a la entrada del bar. Hay partido (Getafe – Atlético de Madrid). En el regazo de él descansa un perrito de pelo blanco, de esos que por muy limpios que estén siempre huelen mal y tienen como una barba marrón. «Rosi», pone en la plaquita.
—Hombre, los teatreros. —Martín, dueño y camarero del local, sale de detrás de la barra y empieza a mover mesas—. ¿Cuántos sois hoy, toda la compañía?
—Que va, en principio nosotros dos nada más, el resto se ha rajao hoy —contesta Bernardo, dejando el casco en el suelo, en una esquina.
—Al final me hacéis como todas las semanas y en diez minutos se me llena esto de faranduleros —agrega Martín con cara circunspecta.
—Que no, hombre, que no. Que no vienen. Que vamos a aprovechar pa vestirlos a tos de limpio.
—¿Lo de siempre?
—Por mí, sí.
Lo de siempre es una cocacola light, una caña, media de patatas fritas y un serranito para compartir. Y luego, quizá, dos truficonos. Martín apunta la comanda en una libreta y se mete en la cocina. Ella no tiene que esperar mucho la pregunta:
—Venga, suéltalo. Algo te pasa, aparte de lo de tu reciente divorcio.
—¿Te acuerdas de lo que me dijo Alma cuando se enteró de que salíamos?
—Perfectamente, te dijo «no está mal para ser tu primer exmarido». Porque es una intensa. Como tú.
—Eso se me quedó clavado, tío. Se me quedó aquí —se señala la frente— y nunca se me ha olvidado del todo. Cada vez que salíamos a alguna parte, cada vez que visitábamos un sitio nuevo, yo me decía «llegará un día en el que pasar por aquí sea un recuerdo agridulce».
—Qué bien hablas, joía, pareces un poema del Bécquer ese.
—En serio te lo digo: siempre supe que no nos haríamos viejos juntos, no sé por qué. Era una certeza, y he vivido con esa pena durante tres años. Y, cuando al final se ha acabado, todo ha sido como… Yo qué sé… como respirar hondo por fin.
—Como si te despertaras. —Le coje la mano y le quita la pulsera de bolitas de plástico que lleva en la muñeca—. En el fondo, tus amigos lo sabíamos, aunque qué podíamos hacer.
—Ya. —Se entristece—. Sé que se ha ido a un concierto con una chavala, se ha encargado de que se entere todo quisqui. La verdad es que me escuece un poco.
—Coño, normal. Pero cúchame, lo hace por dar por culo, precisamente. Tú ya lo sabes, que es su modus operandi.
—Lo sé. Y, en realidad, podría haberme sentado peor, pero es que pasa una cosa. —Saca el móvil, busca los mensajes de texto y se los pasa. Bernardo entorna los ojos mientras murmura algo así como «pérate, mari, que estoy siega como la Topasio». Se acerca la pantalla y lee en silencio moviendo los labios para luego decir, en voz tan alta que la perrita Rosi se despierta sobresaltada:
—HIADEPUCHI, PERO SERÁS GUARRONA.
La Chica y Bernardo – El Balamba, 2006.
—Te lo has tirao.
—Que no, joé, que todavía ni nos hemos visto. Solo hemos hablado por internet y una vez por teléfono.
—Pero por internet la gente hace muchas guarreridas, no hace falta ya quedar en persona. Vamos, como si no lo supieras tú.
—De verdad que no, Berni, que esto es diferente. No te sé explicar por qué, pero nunca había estado tan… tan así.
—Tan así, dice. ¿Tan así cómo?
—Tan… bien.
Bernardo se cruza de brazos y analiza el rostro de su amiga. Es cierto: parece más ligera, como si se hubiera quitado una capa de tristeza de la cara. Te has desmaquillado y desvestido del papel de joven triste, ahora representarás al loco de la baraja de tarot.
—Ya te veo, ya —apunta mientras le coge la mano izquierda y juguetea con sus anillos. Ante la mirada de cualquiera, parecen ellos los dos enamorados—. No me llegaste a contar qué pasó aquella noche. Que a lo mejor no quieres, pero como me dijiste que…
—Sí, que ya te lo contaría, es verdad. Es que yo qué sé, es como si no hubiera tenido fuerzas hasta ahora. Han sido dos semanas muy raras. No me hago a la idea y a la vez es como si tuviera la certeza de que no podía haber sido de otra forma. A ver, debió de darme un mareo después de todo el día trabajando y, cuando me desperté en el trabajo —duda sobre si añadir el resto de la información o no, toma una decisión rápida: siempre hay tiempo de añadir más detalles—, tenía las manos llenas de sangre, como si hubiera estado arañando el suelo, que ya sabes que es así como rugoso y con azulejos. No me acordaba de nada y me asusté mucho, y lo único que pensé fue en buscar ayuda, así que salí corriendo y me fui a casa de Fer. Menos mal que la pillé despierta. Me curó las manos y, cuando ya estaba más tranquila, va y me dice:
Fernanda y la Chica – La casa de Fer, 2006
—Oye, ¿y tu móvil?
El estómago se le retuerce y un rayo de miedo le atraviesa el corazón.
—Dios. Te habrá llamado ochocientas veces.
—No, no, no, no, no, no, por favor, por favor —se palpa los bolsillos, aterrorizada—, por favor, no.
—¿Dónde está tu bolso? No traías nada contigo.
—Hostia puta. Que me lo he dejado allí. Otra vez. —Se pone en pie de un salto, quitándose la manta que Fer le ha puesto sobre los hombros y corre hacia la puerta, desesperada.
—De eso nada, vos sola no vas a estas horas —dice, cogiendo su chaqueta vaquera.
Diez minutos más tarde están frente a la puerta de la Casa de la Luz. Son las cinco de la mañana y ven doblar la esquina de la calle a Daniel, el panadero de Santa Teresa, que las mira con extrañeza como si fuera a preguntarles qué hacen ahí. Y eso hace. Baja la cuesta y se acerca:
—A buenas horas te hace entrar a trabajar tu jefe, niña.
La muchacha no reacciona, pero no hace falta. Más ágil que una tortuga:
—Que no, listo, que han terminado tardísimo de lo de Pepe Márquez y se ha dejado el bolso dentro —salta Fer.
Daniel frunce el ceño, sin creérselo del todo, y continúa el interrogatorio:
—Ya. Y viene a recogerlo a las cinco de la mañana, ¿no?
Más fuerte que un ratón.
—Pues a la hora que ha podido, Daniel. Se quedó frita en mi casa y se ha despertado sobresaltada porque no tenía el teléfono. ¿Querés entrar a comprobarlo, boludo?
El panadero lo piensa un momento.
—Pues sí, mira, entro con vosotras. Y a tu jefe se lo comentaré en cuanto lo vea, las excursiones nocturnas estas que estáis teniendo.
La muchacha entonces hace algo muy raro, y muy impropio de ella, pero necesita ese teléfono, porque contesta:
—Paso yo primero y así enciendo la luz.
—Es que no me alcanza el entendimiento para ver qué cojones pintás vos en esta escena, de verdad que no. Como si fuéramos delincuentes o algo parecido.
—Bueno, pues ahora lo vemos. Si no estáis tramando nada, que tu amiga coja el bolso y punto, ¿no? Yo estoy aquí porque para eso soy vecino y me preocupo.
Más noble que una lechuga.
—Danielito, sos una criatura extraña.
Se encienden las luces de la planta baja, Fernanda y Daniel ingresan en el edificio a tiempo para ver que la muchacha accede a la parte trasera de la barra, se mete en el cuartillo y sale con su mochila colgada a la espalda.
—¿Te quedás tranquilo ya, Colombo de pacotilla?
—Cuando os vea salir. E, igualmente, se lo comentaré al tío este, lo de los paseitos.
La Chica lo escucha de pasada, ha encontrado el teléfono sobre el lavavajillas, entre los paños. Tiene cuatro llamadas perdidas de su casa y cuarenta y siete del número de su novio. Se le escapa el aire de los pulmones y su volumen es sustituido por un líquido pesado y frío, como el mercurio de los termómetros.
La carcajada hace temblar los cristales de la terraza. Las copas, colgadas boca abajo en la rejilla de hierro forjado, tintinean a punto de quebrarse. El olor a barro, humedad y carne podrida se intensifica. Fernanda y el panadero parecen ajenos a todas estas sensaciones. «Menudo lío», escucha. «Menudo lío», le repite la voz. Quiere jugar así que:
—Menudo lío —siente que dice a través de su garganta.
Fernanda se vuelve y la mira con una expresión de extrañeza. Observa el teléfono en su mano y ata cabos, pero la mosca detrás de la oreja no hay quien se la quite. Ha oído un timbre raro, un deje inusual en esas dos palabras que le ha puesto los pelos de punta.
—¿Qué pasa, nena? ¿Todo bien?
La Nena no respira, no se mueve. Es un cuerpo de cartón a quien alguien le ha metido una mano por la parte de atrás de la cabeza y le estruja el cerebro pringoso para que hable. Los ojos acuosos y cada vez más inflamados se clavan en los de Daniel.
—Danielito. Danielito, ven.
El panadero da un paso atrás y se topa con una columna.
—A mí me dejas de tonterías, niña. A mí me dejas de sustos, no intentes cambiarme el paso con chorrá de Milenio Tres, ¿eh?
—Andá, vamo. Que es tardísimo y estamos muy cansados todos. —Fernanda no tiene ni la más remota idea de lo que pasa, pero su barriga le dice que lo que sea tiene pinta de complicarse por segundos. «Huele a leche quemada», se dice; «huele a que esto es como cuando se te olvida el cazo en el fuego y, en un parpadeo, la leche rebosa». Coge a la Nena del brazo: está rígida y fría, pero no se retira.
—Yo lo que voy a hacer es llamar a la policía, ¿sabes? —replica el tipo—. Porque todo esto es muy raro y me parece a mí que lo mejor es que…
—Tú no va a podé llamá a nadie, Danielito, que me tiene que hacé un recaito, hijo, que hay bulla. No vé que en ná llega tu agüelo.
Al panadero se le cae la mandíbula sobre el pecho como si se le hubiera descolgado la cabeza. La boca se le abre sola y balbucea algunos sonidos inconexos. Él no conoce a esta chica nada más que de verla por el pueblo y de las dos o tres veces que ha ido a su establecimiento, pero nunca le ha gustado. Nunca la ha mirado bien porque no es de allí, es de abajo. Y los de abajo solo traen problemas, siempre. Pero esta, además, es que es rara, rara de cojones, como si tuviera siempre una nube alrededor de la cabeza, una niebla espesa como la que se junta en los secaderos y ahumaderos. No, no la conoce, ni quiere. Así que no sabe cómo le está citando, palabra por palabra, acento por acento, lo que le decía su abuela Marisa cuando quería sacarlo de su casa. Le tiemblan las manos, le sudan las palmas y se las limpia en la parte trasera del pantalón, igual que solía hacerlo cuando era niño. Y, de la misma forma, con la misma voz, contesta:
—Yo no me voy a ninguna parte.
Fernanda, aturrullada por el olor a leche quemada, tira de la Nena y engancha a Daniel por el otro brazo.
—Venga, que se acabó la función por hoy. —Dirige sus pasos hacia la puerta, pero a medio camino recuerda que no ha apagado la luz—. Espérenme tantito.
En el reflejo de un panel expositor, ve unas manos de uñas largas multiplicadas sobre las circunferencias de las botellas. Aprieta el culo y los dientes, se da la vuelta, respira hondo y no se sorprende al murmurar «seas lo que seas, conmigo no podrás porque soy el Chapulín Colorado». Cierra los ojos, tantea la pared, sigue su contorno hasta llegar a la barra de nuevo y, sin preguntarse por qué está haciendo lo que está haciendo, ya lo pensará más tarde, susurra:
—Mi escudo es un corazón. —Y apaga las luces.
La Casa queda a oscuras, pero Daniel y la Nena se distinguen a la perfección. Antes de que Fernanda pueda alcanzarlos, sin dejar de repetir el mantra (la boca pastosa y los pies zambos, avanzando sin saber cómo a través de un mar de algas), ella le echa las manos al cuello, le clava las uñas, lo atrae hacia sí y pega su cara a la del hombre. Al boquear de la impresión y del miedo, aspira los pelos despeinados de la coleta de ella y el ahogo le da ganas de vomitar.
—Como llegue tu agüelo y te encuentre, ya sabes lo que te va a hacer tragar, Danielito. Ya sabes qué va a haber de comé, hijito. Mejó te vas a hacerme el recaito, ein.
Fernanda llega a tiempo de impedir el bocado que la Nena está a punto de darle a Daniel en la mejilla. En la penumbra de la puerta, cree distinguir unos dientes rectos, sin separación entre ellos, «como un cuchillo o un hacha», se repetirá durante toda su vida, y decide emplear su último movimiento en hacer un placaje directo a la cintura de la chica, a la que desgarra de su objetivo, que chilla al sentir las uñas desprendiendo la piel del cuello y aflojarse sus esfínteres en el cruce de miradas.
—Corre, boludo, corre.
Y, antes de caer de rodillas, desmadejado, Daniel entiende que sí, que tiene que salir corriendo sin mirar atrás. Busca el pomo de la puerta con manos torpes, agarrotadas por la tensión y el desconcierto, abre y cruza el umbral y, como es más fácil bajar que subir, se deja llevar por la cuesta en dirección a la plaza y a su panadería, en vez de a su casa.
La Nena ahora es Muñeca y Muñeca no se mueve, pero, antes de comprobar que, efectivamente, ya no hay nadie manejándole el coco, Fernanda se la echa al hombro como un fardo («puedo con ella», se dice, «porque está hueca»), sale de la Casa y, antes de cerrar la puerta, susurra hacia el interior:
—No contaban con mi astucia.
Toji y Shota – El apartamento, 2006
—En esta libreta hay una especie de diario en el que Tatsumi iba registrando sus avances. En algún momento, hace tres años, se da cuenta de que tiene estas fotos y de que siempre aparece la misma mujer y el mismo… vamos a llamarlo «hombre», por ahora. —Hace las comillas en el aire. «Conejito, conejito», piensa Shota—. Evidentemente, le parece rarísimo, porque ¿qué hace ese tipo siempre ahí? ¿Qué pasa, por ejemplo, con las postales de la calle, por qué no aparece? Llega a la conclusión de que solo se deja fotografiar cuando esta chica también sale en cuadro.
—A ella la vamos a llamar María.
—¿Eh?
—María, para no estar todo el rato llamándola «la Chica», «la muchacha». María, que es un nombre típico de España.
—Bueno, pues María. Como quieras. —Parece contrariado por la interrupción, pero continúa en seguida—. María debe de tener unos veintipocos años y trabaja en este bar de aquí. En las fotos no se aprecia, pero Morizuka hizo bien los deberes: el siguiente paso de su investigación, una vez que comprobó que en las fotos no había ningún tipo de montaje, fue investigar la calle y, con ello, el lugar donde se encuentra.
»Se trata de una pequeña villa andaluza, Pueblo, en la provincia de Málaga. Eso está en Andalucía, como te he dicho antes, al sur de España. Es uno de los destinos más turísticos de toda la península, y no me extraña, parece un sueño, tiene de todo: playa, montaña, casas pequeñitas de paredes blancas, con la típica señora mayor sentada fuera al fresco. Es un municipio bastante grande, pero lo que es el Pueblo está a unos 400 o 500 metros sobre el nivel del mar. Hay que subir en autobús o en coche, no hay tren, por un camino serpenteante que hasta mediados del siglo pasado solo se podía hacer en burro. De hecho, esto del burro es curioso, porque es uno de los atractivos turísticos que más…
—Dale cañita, Earl. —Shota hace un gesto con la mano que quiere decir, exactamente, «no te enrolles, ve al grano».
—Sí, perdona. Pues resulta que el Pueblo es una de las excursiones de medio día que hacen todos los japoneses que escogen la ruta sur en España.
—Esto sí lo he oído antes, porque uno de los de Miki Tourist viene mucho a la tienda con los grupos. —«Viene mucho a la tienda con los grupos», es la muletilla de Shota cuando no recuerda exactamente dónde ha podido recabar una información—. Es una locura, son 10 días y lo ven todo. Y, cuando digo todo, me refiero a todo: aterrizan en Madrid, cogen el puente aéreo a Barcelona, pasan allí dos días y luego bajan y hacen Andalucía y creo que hasta Canarias en ocasiones.
—Exacto. En Andalucía suelen ir a Sevilla, Córdoba, Granada y, en los últimos años, Málaga. Por eso no tenemos fotos más allá de 2002, porque el Pueblo es un destino relativamente nuevo. Mi abuelo… —Suspira—. Mi abuelo y mi abuela tenían el viaje ya planeado. Iban este verano. Él llevaba meses hablando del tema.
Shota le pone la mano en el hombro, apretando con suavidad, para después acariciarle la barbilla.
—Siento tantísimo todo esto…
—Ya. Y yo. Yo también lo siento. —Suspira de nuevo. Mira al suelo, encuentra un documento y se lo entrega—. Está todo aquí: los billetes de avión, los hoteles reservados, el itinerario. Hasta hicieron una lista con las comidas típicas de cada lugar. —Shota se lo quita de las manos con rapidez—. Sabía que te iba a interesar especialmente.
—Hombre, ya me dirás tú, con lo bien que se come allí. —Lee el papel y se le parte un poco el corazón: con la letra apretada y antigua del señor Morizuka, ve palabras traducidas del español con la pronunciación fonética escrita al lado, flechas que indican sílabas tónicas o golpes de voz y una breve descripción de cada plato, con un dibujito. «Gazpacho, sopa de tomate fría, típica del verano, Andalucía». «Bocadillo de calamares, pan tipo barra francesa con rodajas de calamar fritas y, probablemente, mayonesa, Madrid». «Paella, arroz con carne y verduras OJO no pedir fuera de Valencia, resto de España arroz con cosas»—. Echo de menos a tu abuelo, era un buen tío.
—Y no es que no hubieran ido a ningún sitio nunca, salían mucho: Hawaii, Estados Unidos, Australia, China… y Japón se lo recorrieron casi entero, pero… Pero este viaje era especial, y ahora entiendo que por muchas más razones —continúa—. Deja que siga con esto, que hay para rato.
»Morizuka reveló los carretes de nuevo, lo consultó con un amigo suyo sin contarle demasiado de la historia y este tipo confirmó que las fotos estaban bien, que no había montaje. Lo sé por este diario, el cuadernito rojo. Vale. Hasta ahí todo correcto. Empezó a investigar sobre el pueblo y sobre la calle, y a sacar teorías al respecto, pero ninguna parecía convencerlo 100%. Luego, si quieres, volvemos sobre este tema y te enseño el diario, ahí está todo especificado, pero te resumo lo importante: Morizuka llega a pensar que la persona que aparece en la foto, el tipo, solo aparece cuando también aparece la Chica, aunque hay una foto más… esta de aquí… en la que no sale ella y sí que aparece el fantasma. Esto lo descolocaba un poco, pero también esboza una teoría al respecto.
»El abuelo pensaba que el fantasma estaba intentando llegar a María. Las razones no las tenía muy claras, pero de lo que estaba convencido era de que sus intenciones no eran buenas. De que se estaba acercando cada vez más a la Chica con algún objetivo negativo, probablemente para hacerle daño. ¿Por qué? Pues… como te digo tenía muchas teorías, pero con el paso de los meses se va centrando en una que está relacionada con una época concreta de la historia de España: la Guerra Civil.
—Sí, recuerdo haber visto algo al respecto en Historia del Mundo Contemporáneo.
—Con el señor Morita, sí. Yo también recordaba algo al respecto. —Coge un dossier del suelo y se lo da—. El abuelo no se manejaba bien con internet, así que hace cosa de un año o así me pidió que le buscara información al respecto. Le saqué bastante material en la oficina, tanto sobre el conflicto en general como sobre la dictadura posterior y la transición al sistema democrático que tienen los españoles ahora. De esta última parte no le interesaba nada, lo subrayado está en la primera parte de las copias: el periodo del 26 al 37, es decir, la primera dictadura, la segunda república, la guerra civil y el principio del conflicto, que me parece que duró hasta el 39, se solapa casi con la 2ª Guerra Mundial.
—Me estás diciendo que Morizuka pensaba que este señor de aquí es de ese periodo.
—Exacto. Eso lo tenía meridianamente claro. Lo que no tenía tan claro es quién era y por qué buscaba a la Chica. Como te digo, barajaba varios nombres: el de un cacique del pueblo que, por lo visto, se afilió al partido sublevado y ayudó a entregar la villa al bando golpista; el de un hombre del País Vasco, que es una zona del norte de España, que se había mudado al pueblo y era representante sindical; o el del alcalde del pueblo, que por aquel entonces era del bando republicano. Sus nombres son Carlos, Asier y Manuel, respectivamente. Para abreviar, lo llamaremos Cam.
—¿Y por qué creía, o por qué crees tú, que Cam va buscando a María?
—Porque cada vez está más cerca de ella, cada año, cada foto nueva. Se está acercando. Mira.
Toji ordena las fotos otra vez, se sienta junto a su novio y las pasa despacio, de una en una:
—Toma como referencia este bar de aquí, el del letrero con la gamba. La primera foto, la más antigua, es de mayo de 2002. Cam aparece justo en la esquina de la calle, parece haber una más estrecha que la cruza. Está ahí, en la esquina. El abuelo tenía mediciones e incluso creo que había calculado la progresión del movimiento en metros.
—Por favor, qué locura todo.
—Lo sé, lo sé. Sé que es una locura y que parece digno de una película, no sé si de terror o de risa o costumbrista o de qué género. Lo que sí sé es que las pruebas están aquí: mismo año, 2 de agosto. Ha avanzado un metro completo, se sitúa debajo del cartel. Noviembre, emprende el movimiento como de cruzar la calle, se ve cómo va levantando la mano izquierda, ves, esta de aquí. En la siguiente está justo en medio, es alucinante esta foto, mira. Es que la gente pasa a su alrededor, casi por encima, date cuenta: es un grupo grande de turistas y está parado en medio de la calle. La chica parece estar dándoles la bienvenida, algunos ya entran al local, hay muchísima gente y nadie parece reparar en este tipo. ¿No te parecería extraño que una persona de estas características estuviera así, en medio del grupo, vestido de esta forma, descalzo? Digo yo que cualquier persona normal habría evitado a un individuo así, y más, nosotros. Ni siquiera guardan una distancia prudencial, el tipo está literalmente encima de este señor de aquí, el de sombrero azul. Espera, tengo aquí muchísimas ampliaciones…
—Deja. No me enseñes nada más. —Shota se ha puesto serio. No es una postura amenazante o violenta, pero sí resoluta. Es su postura de «no me cuentes más milongas y dime exactamente lo que quieres»—. No demoremos más la pregunta. Dime qué quieres hacer con todo esto.
Sus rodillas se rozan en el sofá, Toji sigue con su perorata.
—Pues me consta que Morizuka intentó llamar por teléfono y que, de hecho, contactó con la muchacha, pero no podía contarle el verdadero motivo de su llamada, porque claro, cómo le va a decir a una persona a la que no conoce, en su inglés macarrónico con palabras en español chapurreadas «oye, perdona, soy un japonés en el culo del mundo y me parece que un fantasma quiere, yo qué sé, matarte» y dejar las cosas así. Primero que no lo habría creído y segundo que, de hacerlo, qué haces: ¿Dejas a esta chica allí sola con todo el marrón? No. Morizuka quería ir personalmente y enseñarle las pruebas y, probablemente…
—Probablemente, ayudarla a desentrañar este misterio.
—Exacto.
—Pero Morizuka se ha muerto.
—Lo sé.
—Y, entonces, lo que quieres hacer. —No puede creer que esté diciendo esto en voz alta, pero lo hace igualmente—: Lo que quieres hacer es ocupar tú su lugar. Ir tú a avisar a esta muchacha de lo que ocurre.
Hay un silencio eléctrico entre los dos, no es pesado, es punzante, se mezcla con el sonido del motor de la nevera y del pequeño arcón congelador que Shota tiene en la entrada de la cocina. Toji se siente ciertamente aliviado porque, al final, ha sido el otro el que ha formulado en voz alta el problema en cuestión. Coge aire y se prepara para la discusión que se cierne en el aire, como una tormenta de verano.
Dos horas más tarde sale del piso, sin los documentos, sin esperanza y casi sin novio.